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martes, 4 de febrero de 2020

COSAS MÍAS (4)



A través de Malasia, tropas japonesas marchaban rápida y peligrosamente sobre Singapore, en el extremo sur de la penín­sula. Una tarde pasábamos con mis padres y unos amigos por delante de una dependencia naval en Batavia. Delante de noso­tros, un marinero cruzaba la vereda. Llevaba un diario, en el que alcancé a leer el alarmante título CAYÓ SINGAPORE. Se inter­puso otra persona, y el marinero desapareció en el edificio. Ex­citado, comenté lo que había visto, pero ¿quién le iba a creer a un chico de diez años? La ciudad-isla tenía una enorme impor­tancia estratégica, y la confianza en el baluarte era ilimitada.


Al principio sentí un poco de vergüenza por lo que había contado, naturalmente no porque quisiera que fuera verdad, sino porque no podía demostrar que lo había leído bien. La noticia fue publicada uno o dos días más tarde, en una letra más chica de la que yo había visto, y probablemente demorada adrede para no acelerar el pánico. Los aliados no parecían haber aprendido la lección de Pearl Harbor. Pilotos japoneses pulverizaron el mito de la isla inexpugnable al bombardear el puerto, un ataque ya no traicionero y tampoco sorpresivo, porque poco antes habían de­jado fuera de combate a dos cruceros acorazados, el  “Prince of Wales”y el “Repulse”, la columna vertebral del poder naval bri­tánico en Asia. Yo no podía evitar sentirme como un vidente sin bola de cristal.

En la habitación de mi amigo Righy Thiem nos divertíamos tardes enteras con su tren eléctrico. Con muchas vías adicionales, cambios, cruces, señales y pasos a nivel construía­mos accidentados y serpenteantes trayectos. Cargados de cajas de fósforos, bloquecitos de madera y bolitas, los vagones pasa­ban a velocidades vertiginosas por puentes y túneles formados por la cama, el escritorio y sillas. A veces, el convoy paraba en alguna estación, cuando a los ingenieros y los conductores nos invitaban a tomar el té o una limonada.
Cuando estalló la guerra, Max, el padre de Righy, los llevó a él y a su madre a Bandung, en el montañoso centro de la Java Occidental a 180 kilómetros de Batavia. Pensaba que allí esta­rían más seguros que en la vulnerable capital del país. Efectiva­mente, ésta no se salvó de algunos bombardeos, pero Bandung tampoco. Allí sonaron las alarmas una sola vez. Cayeron pocas bombas, y una dio en el refugio subterráneo de la Fábrica de Quinina, uno de los más seguros de la ciudad. El desafortunado impacto causó la muerte de cuarenta personas, entre ellas Righy y su madre.
Max  idolatraba a su único hijo y maldijo mil veces su deci­sión. Mis padres, muy amigos del matrimonio, lo acompañaron en ese difícil trance, no sé si lograron convencerlo de que no tenía nada que reprocharse. Después de la guerra se casó con una viuda, Irma, quien también se hizo muy amiga de mi madre. En Holanda, los dos matrimonios vivieron durante un tiempo cerca unos de otros. Los Thiem se mudaron a California, en bus­ca de un mejor clima, pero ya era tarde para Max. Él fumaba como un murciélago, y no superó un enfisema pulmonar.

A Irma le gustaba viajar, y siguió haciéndolo. Visitaba regu­larmente a mis padres en Amsterdam, y en una de esas ocasiones volví a verla. Irma se despidió con el “Bueno, entonces, hasta la próxima, ¿eh?”, aparentemente tan contenta como siempre. Pero antes de llegar al auto que la esperaba, ya no pudo retener una lágrima. Me tomó del brazo y dijo con voz entrecortada, “Sabes Dick, estoy bien, pero a mi edad ya no puedo viajar como me gusta: sola. No quiero ser una molestia para acompañantes, así que... A tu mamá, mejor que no se lo digas – todavía”. – Cuando volví al living, mamá se había recostado, después de suspirar resigna­da, “A Irma no la veremos más...”, un presentimiento que papá com­partía. Irma tenía 86 años y jugaba alegremente al bowling en su club de barrio pero, efectivamente, ése había sido su últi­mo viaje.

Pasar de grado sin ir al colegio

Familiares y amigos nuestros pasaron la guerra en campos de concentración o estuvieron luego, durante la lucha por la in­dependencia, encerrados en prisiones indonesas - algunas no menos de­sagradables que las japonesas-, pero con la mayoría de ellos compartimos la enorme fortuna de no haber pasado hambre. Tampoco sufrimos malos tratos y, curiosamente, mi única viven­cia personal con japoneses fue más bien tierna. Ocurrió en los primeros días después de la invasión. Al lado de donde unos chicos estábamos jugando en la calle, se detuvo un jeep. Un mi­litar de muy gruesos anteojos se bajó, y con una amplia sonrisa nos hizo señas para entrar con él en el almacén de la esquina. Nos preguntó algo que no entendimos y que tampoco nos im­portó, porque quedó muy clara su invitación a elegir golosi­nas. Con gran alegría, al vernos contentos, trató nuevamente de decirnos algo, y cuando se dio cuenta de que era inútil, se des­pidió con la misma sonrisa de oreja a oreja, dándonos la mano a cada uno como si fuéramos amigos. Probablemente lo éramos para él en ese momento, porque representábamos a los amigotes de su hijo, tan lejanos, y él sentía un impulso de regalarnos algo.
 Durante la guerra no nos permitían hablar y leer holandés en público, y por supuesto los colegios holandeses tuvieron que cerrar, pero yo tuve el privilegio de recibir clases particulares. Para no tener que andar por la calle con libros y cuadernos prohibidos, los dejábamos en la casa de la profesora y hacíamos muchos deberes allí. Sin duda, fue una maestra muy buena por­que, a pesar de las lógicas dificultades y limitaciones, logró en­señarnos todo lo que necesitábamos saber. No recuerdo cómo les fue a los otros cuatro o cinco alumnos cuando se reabrieron los colegios; yo entré en el curso que me correspondía, que era el tercer año del secundario.
Cuando terminó la guerra con Japón, se desencadenaron hostilidades con Indonesia. La colonia exigía su, ya largamente reclamada, independencia. Si bien el gobierno de Holanda estaba dispuesto a otorgársela, vislumbraba una co-gober­nación pater­nalista. Los líderes nacionalistas se opusieron a cualquier demo­ra, y recibieron un creciente apoyo de las Naciones Unidas. Ho­landa insistía en un plazo de transición, y se enfrentó con un im­paciente e inesperadamente enardecido movimiento patriótico para la entrega inmediata del poder. Pelópors, también llamados pemudas, influyentes grupos de jóvenes, fanáticos y por eso pe­ligrosos, mostraron su disconformidad con la dilación de una manera muy agresiva. Bandas revolucionarias hicieron destrozos e incendios en varias ciudades. Una noche  llegaron hasta muy cerca de nuestra casa en Bandung.

 Vivíamos en una calle de unos trescientos metros de largo, sin cruces, que bordeaba el enorme terreno que era nuestro cam­po de deportes. Esa visibilidad permitía detectar a eventuales malhechores desde lejos, por lo que los vecinos decidieron de­fenderse y no evacuar, como habían hecho los habitantes de otros barrios que estaban más expuestos a ataques sorpresivos. En grupos de dos o tres, los hombres se turnaban para recorrer la calle con cuchillas, garrotes y palos de bambú con punta afila­da. Por suerte, no tuvieron necesidad de usarlos. La veranda de nuestra casa, ubicada en la mitad, funcionó como centro de ope­raciones y provisión de té y café.
Si bien la rendición de Japón era un hecho y los militares ya habían depuesto las armas, los Aliados no se ponían de acuerdo sobré quién se encargaría de la liberación de nuestro archipiéla­go. Holanda no tenía la capacidad militar para hacerlo, y los in­gleses y norteamericanos se señalaban mutuamente. El movi­miento nacionalista aprovechó ese interregno con habilidad. Pre­sionando para que se concretara lo que Japón había proclamado ya antes de la guerra: “¡Asia para los asiáticos!”, los pemudas convirtieron esa promesa en un búmerang. Dado que los japone­ses representaban todavía la autoridad, se vieron obligados a tomar de nuevo las armas, paradójicamente para protegernos a los holandeses, sus antiguos enemigos.


Finalmente, el ejército británico perdió la pulseada para lle­nar el vacío de poder. Por la cercanía de la India, enviaron a Ghurkas y Sikhs. Provenían de regiones no muy lejanas una de la otra, pero se parecían como los Vikingos a los Bosquimanos. Instalaron uno de sus puestos de artillería en el terreno frente a casa, dejando nuestros arcos de fútbol offside. Series de ensor­decedoras salvas hacían temblar los vidrios de las casas alrede­dor, y a nosotros también. Sentíamos una mezcla de miedo y de seguridad. Las cosas no llegaron a mayores; al poco tiempo ya podíamos acercarnos a charlar con los soldados. Practicando nuestro inglés primitivo, tratábamos de comprender sus explicacio­nes sobre el material bélico. Un sistema que entendimos ensegui­da fue el de sus raciones de comida; además de pacientes, eran muy generosos, compartían con  nosotros sus chocolates y ciga­rrillos.
Reprimidas las primeras rebeliones, hubo un período de re­lativa calma. Un día, condecoraron a unos cuarenta civiles que se habían destacado en la Resistencia. Entre ellos estaba mi pa­dre, que trabajaba en depósitos de productos alimenticios. Como vendedor profesional, precisamente de esas mercaderías, su ex­periencia y conocimientos contables le permitieron engañar a los supervisores japoneses, desviando remesas para ayudar a gente que, igual que nosotros, había quedado fuera de los campos de concentración, pero que no tenían casi ingresos.
En una emotiva ceremonia en la plaza frente al edificio de la Feria de Exposiciones de Bandung, el General Mac Donald, el comandante del ejército de liberación, le entregó un precioso sable Samurai. Queremos creer que efectivamente lo había luci­do un oficial japonés en feroz combate. Papá me lo regaló, pero  no lo custodié por mucho tiempo. Cuando Robert fue a vivir en Mendoza, se lo llevó, adelantándose alegremente a la obligación que, tarde o temprano, le correspondía como hijo mayor.
El Instituto Neerlandés de Documentación de Guerra le envió a papá una carta de felicitación por la distinción que, de acuerdo con el motivo oficial, le había sido otorgada por ¡Robo con Asalto!.... Yo nunca había vista esa carta. La encontré en las cosas que papá dejó, por eso no pude recordarle lo que él mismo, con tanto afán, me había enseñado acerca de men­tir, robar y matar.


Terminada la guerra, esos centros de distribución seguían necesitando mano de obra. Esperando la reapertura de los cole­gios, me pareció divertido ofrecer mis dos manos. Me entrega­ron hilo y una gran aguja curva: ¡a remen­dar bolsas de arpillera! Un trabajo liviano y no muy remunerativo, pero útil. Las tareas pesadas estaban a cargo de tres o cuatro jóvenes, fuertes y bien alimentados gracias a su trabajo en las cocinas de un campo de concentración, del que acababan de salir. Acos­tumbrados a manipular gigantescas ollas con grandes can­ti­dades de alimentos, levantaban sin visible esfuerzo bolsas de arroz y azúcar de cuarenta kilos. Llevando, las apilaban hasta cuatro, cinco metros de altura.
Tampoco le tenían miedo a fardos que pesaban cien kilos. Naturalmente, los trataban con el debido respeto: de a uno. A veces se prestaban a hacer una demostración. Todavía los veo caminar por el depósito, algunos cargando sobre sus fornidos hombros dos de esas inmanejables bolsas,  otros con los sacos menos pesados, pero de a cinco. Hacían tramos cortos sobre un piso plano, eso sí, y paso a paso pero con seguridad, tomando conciencia de que un tropezón sería caída.
 De mis honorarios me quedaba poco y nada para aportar a la economía de mi casa, porque un helado, un chocolate o una docena de bolitas insumían por lo menos medio jornal. Por suer­te, los sábados por la tarde teníamos cine gratis, gentileza de nuestros libertadores. Allí conocí la romántica magia de Holly­wood. Fue antes de que Technicolor y Cinemascope enrique­cieran la pantalla, y los muy buenos artistas eran a cuál más simpáti­co. Red Skelton, June Allyson, Van Johnson, Errol Flynn, Dean­ne Durbin, Abbott & Costello, Laurel & Hardy, Charles Chaplin. Pido disculpas a los que no nombro aquí.
       Un cómico del que guardo un particular recuerdo era George Formby, un inglés. Lamento no haberlo visto nunca más en ninguna película (en persona, tampoco). Mucha gente a quien pregunté por él, no lo conocía. Pero hace pocos años asistí a un ciclo de cine mudo, dedicado a Buster Keaton, otro humorista formidable, comparable con mi ídolo. El organizador, un exper­to cineasta, conocía a Formby, pero me aconsejó abandonar más esperanzas de volver a verlo, excepto en alguna sala privada.


¡Siempre Listo! 
Durante unos pocos meses antes de la guerra, yo había sido lobato, en la agrupación creada por Sir Robert Baden-Powell para inculcar en los jóvenes la esencia de ser un buen ciudadano. Aparte del grito de reconocimiento y el uniforme, del que estaba muy orgulloso, no me acuerdo qué hacíamos y cantábamos, pero me gustaban esas reuniones. Por eso cuando, apenas terminada la gue­rra, el movimiento se reactivó, me inscribí de nuevo. Por mi edad, ya lo hice como boy scout, ostentando la famosa consigna “Siempre Listo” (pa­ra realizar una buena acción cada día).
En un terreno baldío detrás de nuestra casa nos enseñaron habilidades divertidas y útiles como armar carpas, prender un fuego usando un solo fósforo o una lupa, leer mapas, trabajar madera y metal, prestar primeros auxilios, hacer salvataje y atar (y desatar) nudos. Aprobando el correspondiente examen, ador­nabas tu uniforme con una insignia.
La inseguridad que todavía reinaba en Bandung, nos impe­día salir de la ciudad. Pero un fin de semana tranquilo nos dieron permiso para hacer un campamento en Villa Isola, una hermosa mansión deshabitada en las afueras, sobre una ladera del Monte Tangkuban Prahu. A la tardecita, después de haber practicado nuestros juegos y destrezas, nos tiramos sobre el césped inclina­do para disfrutar del espléndido panorama sobre el valle, que en épocas remotas había sido un lago. Saludamos a campesinos que volvían a su casa, y a la ciudad, que nos devolvió la salutación encendiendo el alumbrado público.


 Al lado de un fuego que calienta sin apuro la comida, suele aparecer una guitarra. Esa noche cantamos al son de un ukelele y escuchamos cuentos, también infaltables en ocasiones como ésa. Como broche de oro, alguien contó la leyenda del origen de la cumbre plana que tiene la montaña. Quiero resumir aquí esa historia trágica:

 Cierto día, el muy joven príncipe Sangkuriang hizo enojar tanto a su madre Dayan Sumbi, que ella lo golpeó en la cabeza, produciéndole una fea heri­da. El rey, que adoraba a su hijo, echó del reino a su esposa. Sangkuriang creció, se enamoró de una her­mosa mujer y le propuso matrimonio. Ella aceptó, pero un día, mientras le acariciaba la cabeza, descu­brió la cicatriz de la herida y comprendió que él era su hijo. Con el fin de impedir el matrimonio sin de­cirle la verdad, le pidió que la llevara en barco a la ceremonia del casamiento. 
Sangkuriang no veía cómo podía cumplir con ese deseo. La construcción de un barco no sería un problema, pero la vivienda de Dayan Sumbi estaba en lo alto de un cerro, muy lejos del río más cercano. Suplicó a los dioses que lo ayudaran, y al amanecer un dique había retenido las aguas del río hasta formar un gigantesco lago. Desesperada al ver que el agua se acercaba a su casa, Dayan Sumbi imploró a Brahma que impidiera su desgracia. En respuesta, la presa fue destruida, y el nivel del agua volvió a bajar. Por los violentos remolinos, el barco quedó en la colina con la quilla para arriba. Sangkuriang encontró la muerte, y la desolada reina se arrojó sobre el bote volcado.


 Y eso que es precisamente lo que significa el nombre del monte, Bote Volcado.

lunes, 3 de febrero de 2020

COSAS MÍAS (3)



 Mi pierna crecía razonablemente bien, y podría haberse fortalecido aún más si yo hubiera sido perseverante con los ejer­cicios. Viviendo en Holanda, lejos de mis inexorables padres, no tuve la fuerza de voluntad suficiente y empecé inconscientemen­te a descansar sobre los laureles de los avances logrados. Es que me sentía bien y participaba en las clases escolares de educación física casi a la par de los demás. Descubrí un deporte fascinante, el volleyball. Mi limitación era un impedimento para descollar, pero no para jugar bien. Lo que me faltaba en fuerza para saltar, lo compensaba con reflejos, colocación de la pelota y, por sobre todo, precisión en armar smashes, los golpes que pueden definir un punto. Aprendí mucho de la estrella de nuestro equipo. Además de ser un buen compañero de clase, se destacaba por ser uno de esos jugadores a los que partidarios y adversarios aplauden por igual. Durante los últimos dos años del secundario tuve la satis­facción de jugar a su lado en torneos intercolegiales. No éramos amigos personales, y nuestros caminos se separaron cuando nos recibimos. Pero luego me enteré de que él llegó a jugar en el seleccionado nacional de Holanda. ¡Cómo me hubiera gustado estar otra vez a su lado! Sólo espero que alguna vez se haya acordado de los granos de arena que yo aporté en los certámenes que disputamos juntos.

Crimen y castigo
Dicky, ¿dónde estás? ¡Dick! ¡¡¡Diiiick!!! ¿dónde te has metido?

Cuando la demora en responder al llamado de mi madre, un característico silbido de una nota corta y otra más larga que terminaba en un staccato, excedía su -generosa- paciencia, me esperaba un cas­tigo. No había tu tía – ni la mía, ni la de nadie. La mayoría de las veces era corporal; tanto ella como papá me daban sólo un ca­chetazo, pero de vez en cuando decidían el uso de una varillita de bambú - que yo mismo tenía que llevarle. Cuando el pantalón no amortiguaba el golpe, dolía, pero no por mucho tiempo. Por ejemplo, nunca me impidió comer sentado.
Mis padres y los de mis amigos eran bastante severos. Sin embargo, en los recuerdos de mi infancia los juegos, deportes y andanzas callejeras ocupan mucho más lugar que los castigos. Porque ellos aplicaban esa varilla no para travesuras simples co­mo llegar tarde o no hacer las tareas escolares. Las faltas consi­deradas graves eran la desobediencia y la mentira. Papá no se cansaba de advertirme: La mentira lleva al robo, y el robo a la cárcel, - Hay un dicho árabe que es más duro: El que miente, roba, y el que roba, mata.
A mucha gente, el castigo físico les parece una crueldad. Yo creo que, aplicado con criterio, no lo es, y estoy seguro de que la gran mayoría de mis contemporáneos que han sido educados de ese modo, piensa lo mismo. Lo formula muy bien una carta de lectores de una revista:

 ...Pegar [a chicos] no es malo en sí mismo si no hay abuso. Es una forma de disciplina que sirve para hacerle saber al niño que la consecuencia de su acción es más que solamente un “¡No lo vuelvas a hacer, Cachito!”, advertencia que entra por un oído y sale por el otro. Niños indisciplinados se convierten en adultos indisciplinados sin consideración para los derechos y sentimientos de otras personas. Los que aceptaron la filosofía del New Age en contra del castigo físico, están ahora cosechando lo que sembra­ron... 
 
Una penitencia especial era el arresto domiciliario. El no poder salir cuando, después de la siesta, silbatos codificados desde la calle reclamaban mi presencia mientras yo estaba regan­do las flores, me dolía mucho, y aún más después de mi nuevo hobby. Un día había llevado mis soldaditos de plomo a la casa de un amigo ocasional. Sordos por los cañonazos y hartos de auxiliar a heridos, nos sentamos a tomar una limonada, y él me mostró sus estampillas. Me vio con tanto interés que me propu­so un canje. Estaba aburrido de coleccionarlas, y nunca había comandado un ejército. Yo tenía un molde, y pensando que me resultaría fácil conseguir plomo para tener nuevamente soldadi­tos, acepté. De modo que volví a casa encantado con cientos de estampillas, muchas prolijamente alineadas en álbumes y libritos, y otras sueltas en cajitas y en sobres. Me pasaba horas despe­gándolas y ordenándolas. De paso, aumentaba mis conocimien­tos geográficos e históricos de otros países.
Ese entusiasmo dio a mi padre una buena idea para castigar­me. La primera vez que la aplicó, tardé en darme cuenta de lo que pasaba. Mientras sus ojos echaban chispas, estiró la mano y dijo con mucha tranquilidad tres palabras: Dame la llave. Yo no lo podía creer, pero era cierto: lo que me pedía era la llavecita del hermoso cofre de madera donde guardaba la colección. Esa prohibición era terrible, sobre todo porque no duraba como otras, una tarde o dos, sino una larga semana, ¡o más!
Para evitar que, a mi edad, la afición se convirtiera en un comercio, papá no me permitía comprar y vender estampillas, excepto alguna nueva emisión del correo. Por lo tanto podía solamente canjearlas para completar series u obtener ciertos ejemplares que me gustaban por su imagen o forma. En esa en­tretenida faceta se necesitan catálogos. El Yves-Tellier era el más conocido. Aún ahora, setenta años más tarde, sigue siendo una fuente autorizada.

 Así me enteraba del valor asombroso que puede alcanzar un simple papelito troquelado, como consecuencia de alguna anormalidad: una emisión especial, una sobreimpresión específi­ca o un error de imprenta, de color o de dentado. Esas averigua­ciones mantenían viva la ilusión, vana pero agradable, de dar algún día con una estampilla codiciada por un ávido filatelista millonario.
Una nueva vida en Holanda fue reclamando mi atención y tiempo, y un día decidí despedirme de la colección. Me dio una última satisfacción cuando el primer interesado pagó sin regatear la suma que yo pedía en el aviso. Cuando se había ido, me asaltó una duda: ¿habrá sido un novato entusiasmado o, al contrario, un experto que con un golpe de vista detectó un sello de un va­lor incalculable que se me había escapado?
Con el avance de las máquinas franqueadoras y de su formi­dable competidor, el correo electrónico, ya no se usan tantas estampillas. Pero no he perdido mi simpatía por ellas; sigo recor­tándolas con cuidado de los pocos sobres o paquetes que toda­vía recibo. En una época incluso volví a coleccionarlas de una manera especial. En Vigo, mi primo Roel se enteró de un des­pliegue filatélico del Correo Argentino, y me pidió que le man­dara todas las emisiones conmemorativas y temáticas. Venían ensambladas en cuader­nillos de buen papel con imágenes atracti­vas y datos tan interesantes que, junto con ejemplar para él, yo compraba uno para mí también. Cuando Roel murió, no quise tenerlas más, y las regalé a un amigo en común, que acababa de jubilarse y cultivaba ese hobby.

Un revólver poco oportuno
       Un buen domingo de diciembre de 1941 tomé el desayuno frente a una pistola negra con un precioso mango de nácar, re­galo de mis padres para mi décimo cumpleaños. Con la banda de forajidos que vino a celebrarlo, nos pasamos la tarde jugando al poliladron, a tiroteo limpio. Feliz, me fui a dormir con el arma, todavía caliente y cubierta de pólvora, debajo de la almohada. Fue la primera y última vez que le saqué chispas, porque al día siguiente nos enteramos de que aquella madrugada se había encendido una chispa mucho más grande. El sor­presivo ataque aéreo de Ja­pón a la base naval de los Estados Unidos en Oceanía arrastró al mundo en otro conflicto global, el segundo en menos de veinte años. Vaya la ironía de la desolación en lugares con esos nombres tan románticos: Hono­lulu, Hawaï, Pearl Harbor. El Pacífico en llamas.
Nuestra Defensa Civil distribuyó tarjetas de identidad y un cordón para colgarlo del cuello, junto con una tableta de goma dura que había que mantener apretada entre los dientes para evi­tar la rotura de tímpanos por explosiones de bombas. Pronto las pusimos en práctica, cuando angustiantes sirenas anunciaron un ataque aéreo sobre Batavia – la ciudad que luego de Indepen­dencia se llamaría Jakarta. Quince bombarderos en tres escua­drones, no tiraron bombas sobre nuestro barrio, sólo oímos el repiqueteo de ametralladoras.
Describiendo círculos, descargaron una docena de bombas, que felizmente ocasionaron sólo pánico y daños menores en la zona portuaria. Los cañones antiaéreos entraron en acción, y desde nuestro refugio subterráneo en el jardín nos señalábamos los proyectiles que explotaban entre los agresores en pequeñas nubes blancas que se destacaban sobre el celeste del cielo. Espe­ramos en vano que derribaran por lo menos un avión. - Ya pasa­do el susto, me impresionó ver tejas rotas y una bala incrustada en la pared de una casa vecina.

Desde ese día, sirenas –no me refiero a esas seductoras cria­turas mitad mujer, mitad pez, sino a los aparatos que nos alertan sobre incendios y otras catástrofes- me recuerdan sensaciones contrapuestas. Una era el escalofrío que provocaba el acelerado estrépito giratorio que precedía a aviones de guerra que venían a arrojar bombas sobre ciudades. La otra emoción era el sosiego que la sirena nos devolvía cuando ululaba de nuevo, pero sin girar. Un monótono y penetrante sonido que, paradójicamente, en nuestros oídos era música, porque significaba all clear, cielo despejado. Nos mirábamos aliviados: ¡ya no hay peligro!


domingo, 2 de febrero de 2020

COSAS MÍAS (2)



 Juegos y deportes
Como los chicos en todas partes del mundo, nos dedicábamos a determinados juegos según la temporada, con excepción quizás de la mancha, la escondida y poli-ladro, que encuentran aceptación en cualquier época del año. En la Indonesia de mi infancia no nos entusiasmaban demasiado el ruedo y el trompo, pero las bolitas, los soldaditos de plomo y los barriletes, sí. En algunos países se impulsa la bolita sólo con el pulgar, nosotros lo hacíamos juntando el pulgar y un dedo de una mano, con el índice de la otra. Y la “meta” no era un hoyo, sino un cuadrado trazado en la tierra. Diferentes reglas que en diferentes lugares se observan con el mismo fervor, es decir, tomando el juego en serio.
            A lo largo del ciclo estacional de esta epidemia, a los varones nos acompañaba al caminar un crujido característico, producto de los choques entre las bolitas que guardábamos todo el santo día en los bolsillos, para estar listo ante la primera invitación en cualquier esquina. Igualmente, el que se hubiera quedado sin municiones, siempre podía ponerse en cuclillas con canicas prestadas.
            Otro juego entretenido era el gatrik, un pasatiempo similar al que en España y la Argentina, por ejemplo, se conoce como la billarda. Lo único que necesitábamos era una piedra del tamaño de un ladrillo, y dos pequeños palos de madera de 15 y de 40 cm de largo. Nuestro mejor proveedor de estas últimas era un arbusto, el kembang spatu –que aquí florece bajo el seudónimo de rosa china- que, según parece, también cura la tos, protege el corazón, mejora el aspecto de la piel y tiene efectos afrodisíacos. No he probado ninguna de estas virtudes, sólo conozco la fortaleza y la elasticidad, que hacía cimbrear los palos que daba gusto.
Lo que desataba todos los años una verdadera pasión, era remontar barriletes. La temporada comenzaba con la búsqueda de hilo, que se vendía en cualquier tienda pero que general­men­te buscábamos primero en cajas de costura, con la consecuente desesperación de madres, tías, abuelas y modistas. También se enojaban cocineras cuando enchastrábamos alguna cacerola. Injustamente porque ¿qué culpa tenía uno si no encontraba una lata para preparar esa ?
            Sumergíamos el carrete en esa cola de carpintero caliente, previamente mezclada con algún material cortante, como vidrio molido o viruta de hierro. Había expertos que, en voz baja y mirando a su alrededor, hablaban de fór­mulas secretas que daban resultados fabulosos. Nunca conocí ninguna de ellas, la receta tradicional era sencilla y efectiva.
            Luego desenrollábamos el hilo empapado y pegajoso, y lo tendíamos entre dos árboles. Al secarse, las partículas quedaban firmemente adheridas y lo convertían en una navaja voladora, lista para cortar a otra similar. Hacía sangrar los dedos, pero un auténtico barriletero no se ponía tela adhesiva, y no era para hacerse el valiente. Es que la callosidad que se formaba, protegía la piel sin que perdieras demasiado de la sensibilidad que era indispensable en los momentos en que los hilos se rozaban. Tirar o aflojar una fracción de segundo antes o después del instante exacto podía significar la diferen­cia entre ganar y perder.
            Al terminar la hora de la siesta, la atención se centraba en los cometas que iban ascendiendo. De varios colores, pero todos con la misma forma: simples rombos alargados de unos treinta por cuarenta centímetros. Tenían la agilidad necesaria para esquivar y atacar a las otras águilas que sobrevolaban los barrios. Decenas de barriletes se movían constantemente al acecho de asaltos desde abajo, arriba o de costado. Podría ser el enviado de un vecino o de tu mejor amigo, pero a esas alturas no existían amistades ni parentescos. El que salía al aire a esa hora firmaba una declaración de guerra abierta. Contrariamente a lo que ocurre en los combates aéreos verdaderos, los nuestros se libraban siempre de a uno contra uno.
            Los que quedaban a salvo de ser agredidas, eran los barriletes con formas de pájaros exóticos o dragones, grandes creaciones indefensas con largas colas y otras ornamentaciones, las que, ten­di­das de un hilo común, se desplazaban solemnemen­­te. Agredirlos no tenía gracia, sería una cobardía hacerlo. Ellas mismas se quedaban a esas horas en sus hangares, o buscaban espacios tranquilos para evitar accidentes.
            Producía una particular emoción el estar trepado a una pared o un techo, lo más alejado posible de árboles, y sentir el roce de ese hilo lleno de diminutas astillas de vidrio y metal. Las escaramuzas individuales duraban poco tiempo, generalmente sólo el necesario para que se cortara uno de los hilos. ¡Qué satisfacción, cuando seguías sintiendo la tensión del tuyo y veías a tu barrilete trepar a nuevas alturas: Que pase el siguiente! Y al contrario, ¡qué desazón cuando un fatídico tll, el onomatopéyico corte del hilo, anunciaba tu derrota!
            A los cometas abatidos se los llevaba el viento, pero no era el fin de su vida útil; muchos incluso volvían a surcar los cielos esa misma tarde. Cuando no disponías de un barrilete, ibas a barrios sotavento para cazar barriletes a la deriva. Era un divertido deporte paralelo: estimar la altura del barrilete, la fuerza y la dirección del viento para ver si valía la pena hacer el intento. Había relativamente pocas discusiones sobre quién lo atrapó primero, yo por lo menos nunca presencié puñetazos. Era preferible no perder el tiempo, y volver a otear el cielo. Y si esa tarde seguías no captabas ninguna presa, pues te comprabas un barrilete, o el material para hacerte uno.
            A pocos metros de donde yo caminaba por una calle tranquila, cayó inesperadamente un barrilete extraviado a mis pies. Cuando me agachaba para levantarlo, un chico dobló la esquina corriendo, desilusionado al ver que no estaba tan solo como creía. - Un episodio similar lo cuenta un conocido escritor, compatriota mío, en uno de sus varios excelentes libros sobre esa época. Caía un barrilete en un jardín cuando él pasaba por allí. Como nadie contestaba su llamado, estiró la mano hacia el pestillo del portón. En ese momento se le acercó un chico que le señaló un cartel “Cuidado con el perro”. Le hizo caso, y se sorprendió al ver cómo, acto seguido, el pibe abrió el portón, entró tranquilamente y volvió a salir con el barrilete. Cuando le interrogó, el otro le informó: “Es para ahuyentar nomás; si no tienen perro...”.


            La natación hubiera sido un buen deporte para mí. Papá era un muy buen nadador y jugador de waterpolo, pero curiosamente no me enseñó a nadar temprano. Nunca le pregunté por qué, y posiblemente no me habría dado ningún motivo especial. La cuestión es que a los ocho o nueve años viví la desagradable experiencia de patalear desesperada­mente, hundiéndome cada vez más en una pileta de natación.
Cuando estaba a punto de perderme del todo en la enorme masa de agua, Serafina se acercó y me señaló un escalón. Con mis últimas fuerzas, logré girar y dar el envión hasta tocar el cielo con las manos. Pero antes de disfrutar el regreso de aire a mis pulmones, la furia me llevó a seguir al chico que me había dado un empellón. Caminaba hacia el trampolín. Lo alcancé y, sin pensarlo un segundo, aceleré su salto. Ignoro cómo habrá sido esa caída al agua desde seis metros de altura – ¿o quizás eran sólo tres?- y tampoco me importaba. No fue muy valiente de mi parte pero, indignado por la canallada, me parece que el chico se lo mereció. Él era más grande que yo, y sabía perfectamente lo que hacía. - Después aprendí a nadar, mejor dicho, a mantenerme a flote, porque el miedo al agua no lo superé nunca. En cuan­­to me sumerjo por sólo unos segundos, aún donde hago pie, vuelve el recuerdo de esos momentos de pánico.
            Como los chicos en (casi) todo el mundo, jugábamos al fútbol. Incansablemente invadíamos potreros, jardines, plazas y parques, y cuando nos habían echado de todas partes, nos quedaba todavía alguna calle con poco tránsito. Con muchachos de otros barrios vivíamos en permanentes desafíos. Si a uno de los bandos le faltaba jugadores, el otro equipo cedía alguno para equiparar; la cuestión era enfrentarse.
            No éramos jugadores ejemplares, pero el juego no se detenía por cualquier infracción. Se reclamaba un tiro penal sólo cuando la mala intención era manifiesta. Por supuesto, muchas veces eso se discutía arduamente y, a falta de un árbitro, la decisión la tomaba alguno de los jugadores más respetados. No necesariamente los mejores, pero sí los más fuertes. ¿Y si el equipo sancionado no aceptaba el fallo? Mala suerte, alguna vez un encuentro terminaba a las trompadas. A los visitantes les convenía entonces eludir ese barrio – pero sólo por un sábado o dos, porque ¿para qué seguir peleados?, nos necesitábamos mutuamente.
            Cuando a causa de la guerra no conseguíamos pelotas de fútbol número 5, pateábamos esféricos manufac­tu­rados con papel de diario y trapos, o gastadas pelotitas de tenis. Eran sustitutos incómodos, sobre todo en lugares con pasto alto. Pero frente a nuestra casa en Bandung no le dábamos tiempo al pasto para crecer. En un terreno de trescientos por doscientos metros había una cancha de hockey. Los arcos eran ideales para nosotros, porque en proporción a nuestro tamaño imitábamos a nuestros ídolos de la primera división.
            En otro sector de ese, nuestro campo de deportes predilecto, también practicábamos un deporte llamado kasti, que es similar al baseball. Se juega con un bate más liviano, que es manejado con una sola mano. Otra diferencia es que un corredor queda fuera de juego no cuando un contrincante parado en una base recibe la pelota antes de que él llegue allí, sino cuando es tocado, “quemado” por la pelota, entre dos bases. Esta distinción era la que más nos emocionaba, porque tirar a una persona en carrera exige una puntería mucho mayor que a un punto fijo. Y un tiro errado que no esté cubierto por un compañero, da al equipo de “adentro”, más tiempo para completar recorridos.
            “Quemar” no requiere fuerza. Pero a veces, algún jugador rencoroso se acordaba de ajustar una cuenta, y tiraba la pelota a un adversario con más vigor de lo necesario. Eso podía a su vez llevar a más venganzas. ¡Menos mal que era un deporte sin contacto físico! Daba pena ver esa satisfacción de apetencias vengativas, y a veces incluso sádicas. Pero el hombre es así. Por suerte, tampoco ocurría a menudo.
 

sábado, 1 de febrero de 2020

COSAS MÍAS (1)

Aquí van las primeras Cosas Mías. Sin fotos ni otras imágenes, que insertaré cuando haya aprendido a hacerlo en este blog.

La primera Edición del Autor data de Julio de 2005, la última revisón fue de Diciembre de 2019.

Los capítulos no están numerados; para su orientación, son éstos:

+ EL VUELO DE SERAFINA
+ ADIÓS INSULINDIA, HOLA PAÍSES BAJOS
+ RE – FA – SI
+ VIDA Y OBRA UNIVERSITARIA
+ ¿DÓNDE ESTARÁ EL FUTURO?
+ TANTO EN LA PROSPERIDAD COMO EN                                                                                                       LA ADVERSIDAD
+ UN ALMACÉN SIEMPRE ABIERTO

+ + + 

 Cuando a mi sobrinita Dolores le preguntabas qué hacía, defendía su privacidad girando su cabecita: Coshash míash. A los cinco o seis años de edad, yo tam­bién las tenía. Junta­mente con muchas que tuve después, siguen siendo cosas mías, pero yo quiero contar­las. No tanto por los hechos o actos en sí mismos, sino por lo que han significado para mí, en ese momento o mucho tiempo después. Sensaciones y emociones que han evocado nostalgia, sorpresa, desilusión, espe­ranza, admi­ración, tristeza, indignación, duda, alegría, resignación, satisfac­ción, incre­du­­lidad, rebeldía, inseguridad, confianza.
 Un irresistible deseo de escribir me ha llevado a lanzar al mundo esta autobiografía autorizada. Nadie la estará esperando pero, querido lector, ya que la abriste, sigue leyendo. Si me acompañas hasta la última página (no necesariamente en una sentada), habré logrado mi propósito.           
                                                                       
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EL VUELO DE SERAFINA

Una cuna mecida por turbulencias
- ¿Cuánto falta, Serafina?
- Poco - me informó -. Y créeme, eso me pone contenta a mí también.
El lento y regular aleteo denotaba la inigualable capacidad de vuelo que tienen las aves migratorias. Igualmente interminable parecía, debajo de nosotros, el Océano Pacífico. En algunos idiomas también lo llaman el Gran Océano – como si los otros dos no lo fueran.
- No estoy acostumbrada a volar sobre el mar – siguió Serafina -. Me aburre tanta agua. La tierra es mucho más variada. Ves campos, bosques, lagos, ciudades. Pero ya hicimos casi todo el recorrido, pronto...
- ¡Un momento! – se interrumpió a sí misma, estirando el cuello y aguzando la vista -. ¿Ves esas costas que se asoman? A la izquierda está Australia, y adelante tienes a Nueva Guinea. ¡Las Indias Orientales! Ya estamos ingresando en tu tierra.
- ¿Tierra? ¡No veo más que agua!
- Bueno, es una manera de decir. Son muchísimas islas, miles y miles de ellas. En la mayoría no vive gente y en algunas, demasiada.
- ¿Por dónde has andado, Serafina?
- ¿Yo? Siempre por las rutas más transitadas, ¿sabes? África, la India, la China. Ah, y una vez también vine aquí. Pero qué casualidad, precisamente a las islas que estamos sobrevolando.
Con su largo pico describió un amplio círculo.
- Mira, ésas son las Molucas, y una de ellas se llama Ambon, o Amboina. No es la más grande, pero sí la más poblada. Aquí traje a un niño, hará más de veinte años. Así que, en cuanto a su edad, bien podría haber sido tu padre.
Efectivamente, lo era, sólo que Serafina no lo sabía todavía. Yo también me enteré años más tarde. – De todos modos, comenzamos a bajar, una maniobra imprevistamente difícil. Contuve la respiración para no inhalar los nubarrones de humo que nos envolvían. Sacudidos por ráfagas de viento y turbulencias, creo que avanzamos muy lentamente. Puntiagudas piedritas en lava granizada me lastimaban, me tapé la cara.
- ¿Qué pasa, Serafina?
Estaba asustado, pero no tenía miedo. Mi guía me inspiraba confianza, y no me defraudó. Más consciente que nunca de su cometido, me apretó firmemente contra su pecho, lo que aumentó aún más la agradable sensación de seguridad que tuve desde que partimos.
- No te preocupes, bebé – me tranquilizó -. No es nada. Hay muchos volcanes aquí, pero no son muy activos. Sólo parece que el Cheremai está de mal humor hoy.
            Desde el cráter, nubes de ceniza y gases sulfúricos agitaban el aire. En un remolino, Serafina tuvo que apelar a todos sus recursos para vencer la succión que nos hacía girar en tirabuzón. Medio mareado, perdí la poca noción de altura que tenía. La tormenta no aflojaba, Serafina tampoco. Sus poderosas alas absorbieron una caída al vacío que parecía no terminar nunca. Seguramente le habría sido más fácil soltarme. Pero ella ni pensaba en esa alternativa, aunque en la lucha estaba dejando muchas plumas.
            Entramos en una zona de aire fresco. El cambio le hizo bien a Serafina. Volvió a orientarse, y retomó el rumbo. El grito triunfante que pegó al hacer contacto con la tierra me hizo chillar a mí también, a todo pulmón. Con algunas horas de atraso y trastabillando pero sin caerse, cumplió su misión: la de entregar a Cheribon, la dinámica capital del distrito homónimo de la Provincia de Java Occidental, su ciudadano número 82.001. Confirmó en su agenda el domicilio que le habían indicado. ¿Número? 50, sí. ¿Calle? Parudyakan. Correcto. Tocó el timbre de la casa, de paredes blancas y rodeada de canteros con flores en mil colores.
            - Que te vaya muy, pero muy bien - se despidió, cansadísima pero feliz, porque sabía que cálidas manos humanas iban a abrirme la puerta -. Y si alguna vez la suerte no parece estar contigo, ¡cuenta conmigo!

            Al año de mi tumultuosa llegada al mundo, aprendí a caminar. Pero un día, no podía mantenerme en pie, por falta de fuerza en la pierna derecha. Mis padres se asustaron al escuchar el diagnóstico: poliomielitis. En 1933 era una enferme­dad relativamente desconocida. La pierna, seria­mente afectada por la parálisis de algunos músculos, dejó de crecer. Una operación no tuvo el resultado que el cirujano se había propuesto. Pero volví a caminar, si bien con un aparato ortopédico y un zapato con un taco de diez centímetros de espesor.
            Cuando tenía diez u once años, mis padres me llevaron a una doctora que se había capacitado en medicina alternativa. Me examinó, y todavía la oigo decir, con un gesto de resignación, “Qué lástima que lo hayan operado. No era necesario”. Inmediatamente agregó un comentario alentador: “¡Pero lo vamos a curar!”. - Me prescribió una serie de ejercicios que durante varios años me han hecho caminar cientos de kilómetros alrededor de la mesa de comedor, girando el pie derecho en varias posiciones.
Ese entrenamiento era aburrido, pero en el gimnasio adonde iba casi todo los días, los movimientos más rutinarios me resultaban placenteros por el estimulante acompañamiento de marchas, rumbas, valses y quién sabe cuántos géneros más, el tango y quizás, ¿por qué no? el chamamé. Más tarde reconocí en la música clásica y ligera muchas melodías que resonaban en esa sala. - Otro ejercicio, mucho más llevadero, era andar en bicicleta, haciendo la mayor fuerza posible con la pierna débil, sobre todo pedaleando cuesta arriba. Esta costumbre la seguí practi­cando hasta que, debido a una enfermedad, tuve que dejar de bicicletear.
            Con la crueldad propia de chicos, algunos se burlaban de mi renguera, pero eran muy pocos y nunca me molestó. Yo sabía que no iba a volver a caminar normal­men­te, porque la deformación se originó en la cadera. Curiosamente, eso no ha tenido consecuencias para mi columna vertebral, como pude comprobar cuando un traumatólogo hizo una interesante comparación entre dos radiografías: en una, donde estaba parado, la columna mostraba una ligera curvatura. En la otra, sentado, la columna estaba a plomo, porque no necesitaba compensar ninguna deficiencia.

Considerando cuántas cosas había que yo podía hacer con la pierna disminuida, aprendí a aceptarla. Incluso, dejó de ser un inconveniente serio después del tratamiento “odontológico”. Sí, porque de esa doctora que Serafina había puesto en mi camino, quiero destacar algo más notable que su interés en nuevos métodos de curar enfermedades: no era, como podía suponerse, una ortopedista, sino ¡una dentista!
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viernes, 31 de enero de 2020

Anuncio de ciertas Cosas Mías

Querido Lector:
Voy a publicar en este blog el relato de mi vida. En cómodos episodios, no te asustes. Las entregas no equivaldrán a los capítulos del libro, sino que serán más cortos para poder retener tu atención. Después de la segunda o tercera sabrás si querrás seguir leyendo. De cualquier manera, espero que de vez en cuando sientas una imperiosa necesidad, o al menos ganas, de dejarme un comentario - que será apreciado día y noche.
Con o sin anteojos, lentes de contacto o lupa, pero siempre con buena luz, te deseo ¡una buena lectura!

martes, 10 de diciembre de 2019

Un Nuevo Intento

El Blog es paciente, no se ofende por haber sido ninguneado durante varios años.
Voy a escribir nuevamente. Mejor dicho, voy a publicar material para leer: el relato de mi vida, que he titulado: COSAS MÍAS.
Déjenme dividir mis escritos en episodios de un par de minutos de lectura. Trataré de hacerlo antes de que termine este año.
Hasta pronto!
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