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miércoles, 12 de febrero de 2020

COSAS MÍAS (8)


RE – FA – SI

Recital para un Rey
Quiero a muchas, pero a ella, como a ninguna. Hace más de cincuenta años fue un amor a primer oído, y hoy sigue siendo mi favorita. En cualquier momento del día o de la noche responde a mis requerimientos, me envuelve en sus abrazos, me regala emo­ciones y me confía sus secretos (creo, y espero, no conocerlos todos aún).
Si para Mozart La Flauta Mágica fue la última de sus vein­titantas óperas, para mí fue la primera, y la que me ayudó a des­cubrir las posibilidades de la voz humana: imponerse sin gritar a un tutti de una orquesta e inmediatamente pasar a un diminuen­do que llega hasta los últimos rincones del teatro. Cada vez que Papageno, el cazador de pájaros, me lleva a esos dos reinos, el de la Reina de la Noche y el del Sumo Sacerdote Sarastro, me asombra que una simple placa fonográfica pueda seguir señalán­dome permanentemente nuevas resonancias y síncopas en melo­días que creía conocer bien.
Hay gente que ha mamado la música junto con la leche; yo me acerqué a ella –a la música- más tarde. Estaba en cuarto año, y por el colegio asistimos a un ciclo de “conciertos para la juven­tud”. En el primero, un oboísta nos hizo escuchar un tema y un acompañamiento que, escuchados aisladamente, parecían soni­dos poco coherentes. Repetidos junto con otro instrumento que tocaba una melodía, se produjo una secuencia sonora y armóni­ca. Y de repente: dos pequeños golpes en el pupitre, todos los músicos atentos a la batuta, y ¡vía libre! Acordes, bemoles y sos­tenidos se desprendieron de las partituras, brincaron sobre el podio, levantaron vuelo e invadieron mis ávidos oídos. Descubrí notas que se unían en una melodía, y otras que las acompañaban. ¡Qué fascinante sucesión de revelaciones!

El ciclo despertó la atracción por la música clásica que dor­mía en mí. Confieso que esto último hay que tomarlo literalmen­te. Una noche de concierto, yo no estaba cansado y la música no era aburrida, todo lo contrario. Pero simplemente sucedió: un sopor me hizo cabecear; ni cambiando mi posición en la butaca pude evitar que se me cayeran los párpados. El calor sofocante en la sala era sólo una atenuante, de ningún modo una excusa. Los timbales en la Tercera Sinfonía de Beethoven me trajeron de vuelta a la sala. Desde entonces, no puedo escuchar esta obra sin sentir aquel bochorno, por breve que haya sido. Pero el compo­sitor, a quien yo todavía no conocía bien, ha aceptado mis dis­culpas, y el accidente no se ha repetido.
A un compositor lo conocí personalmente. También pupilo del Instituto Valonés, era algo mayor que nosotros y un ver­dadero artista. Dibujaba, pintaba y tenía un envidiable talento musical. No sabía leer una partitura pero, guiado por un oído absoluto y una memoria privile­gia­da, tocaba lo que había escuchado en el piano y el órgano. Incluso componía y escribía poesías, una de las cuales estaba dedicada al órgano de iglesia. En un elogio parecido al de Mozart (¿o fue Berlioz quien lo ha­bía llamado el rey de los instrumentos?), él lo admiraba como un instrumento para reyes.
Un nublado sábado por la tarde lo acompañé a la ciudad de Gouda, donde él iba a tocar en el órgano de la iglesia, que data del siglo diecisiete. Abriendo y cerrando registros, llenó el so­lemne espacio con  bellísimos mensajes de Bach, Händel y pro­pios. La iglesia estaba vacía; me acordaba del poema de mi ami­go y me sentía realmente como un rey.

 De una platea virtual a otra verdadera
 En coincidencia con esos hallazgos, el tío Bert aceleró mi acercamiento a la música. Me regaló una radio portátil, pequeña pero capaz de captar la profusión de festivales que se transmitían en directo, también desde Alemania, Bélgica, Luxemburgo e Inglaterra. Ante el lujo de opciones pero sin programación, yo recorría noche tras noche el dial de un extremo a otro, en bús­quedas que después del invento del control remoto del televisor se llamarían zapping. Así me perdía a veces el comienzo de una composición. Una vez lo lamenté especialmente cuando sintonicé un concierto para piano y orquesta de Beethoven, el cuarto. No lo conocía íntegro, pero sabía que los primeros compases, contrariamente a lo habitual en esa época, están a cargo del solista.
 Poco tiempo después, tuve en mis manos una entrada para escuchar esa obra en la sala de conciertos de Scheveningen, pero no la pude usar. Se la habían regalado a la directora del Instituto Valonés, pero ella acababa de enviudar, así que no estaba con ánimo de salir. Decidió que Roel la representara. Roel no tenía interés en ir y, sabiendo las ganas que yo sí tenía, propuso que fuera yo. Pero la señora insistió en él, por ser el pupilo mayor. Un capri­cho tonto, que ocasionó dos caras largas.
 Por suerte, el concierto se transmitía por radio, y así pude participar a distancia de ese indescriptible clima que se crea cuando los músicos afinan sus instrumentos. Con los aplausos, me imaginaba la llegada del conductor y del solista, y experimenté algo inde­finido. Luego aprendí a apreciarlo como la comunicación entre los músicos, y desde entonces siempre me emociona ver a un solista dar o besar la mano del primer y del segundo violín. Ya se han visto antes de salir al escenario, de modo que no es un saludo formal, sino una renovada expresión de confian­za mutua en la navegación por esas endiabladas partituras. El haber ejecutado bien una obra diez veces, no garantiza éxito la undécima.

Theo Bruins, un joven pianista holandés que estaba consoli­dando su fama, dibujó con las notas iniciales veintisiete puntos suspensivos y un signo de interrogación. La orquesta repitió la pregunta y, desplegando sus alas, la convirtió en una respuesta que descargó la tensión y me devolvió el aliento. El milagro de la radio redujo las cincuenta cuadras que me separaban del tea­tro a cincuenta centímetros, y creó la ilusión de estar en la pla­tea.
 Varios años después estaba sentado en una platea real del Teatro Colón de Buenos Aires, cuando me conmovió un entendimiento entre dos músicos. Leopold Hager dirigía la Or­questa Filarmónica de la Ciudad en esa cautivante concatenación de sonidos que es el quinto concierto para piano de Beethoven. Una melodía ondulaba entre las maderas y el piano, y la solista la entregó a la orquesta de un modo tan exquisito, que Hager se dio media vuelta. Su leve inclinación de cabeza y la sonrisa que la señora Cristina Regis le devolvió, encerraban una musicalidad que envolvía la sala.
 Músicos, críticos y otros amantes de la música elogian la acústica del Teatro Colón, e incluso muchos consideran que es la mejor sala del mundo. Aunque no hay duda de que es excelen­te, son expresiones de la percepción humana. Pero en junio de 2000, el arquitecto Leo Baranak publicó un trabajo sobre varios teatros para ópera, en el que cruzó imparciales parámetros técni­cos con las opiniones de 22 directores de orquesta. De los mejo­res auditorios menciono, en orden ascendente, el Covent Garden de Londres, el Metropolitan de New York, la Staats­oper de Vienna, la Scala de Milán y, en el primer lugar, ¡el Colón de Buenos Aires!
La distinción tiene, sin embargo, una desventaja, como ha­bía observado Luciano Pavarotti, antes de la publicación de ese estudio: “El Teatro Colón tiene un defecto grandísimo: su acústica es perfecta. Imaginen ustedes lo que eso significa para un cantante. Si hace algo mal, se nota enseguida”.

Una vez, yo había escrito un cuento, basado en el curioso romance que vivieron una cantante de ópera y un director de orquesta, a principios del siglo veinte. La historia verdadera me la había relatado la protagonista, tía de una parienta lejana nues­tra. Yo estaba bastante contento con el principio y el desarrollo del cuento, pero no lograba redondearlo, y durante varios años el borrador quedó juntando polvo en una carpeta. Hasta la tarde en que quedé cautivado por el timbre de voz de una soprano y su particular interpretación de dos arias de una ópera, Così fan tutte de Mozart. Las escuché una y otra vez, me gustaron cada vez más, y me inspiraron a encontrar un final adecuado para mi cuento.
Poco después conocí a la dueña de esa voz, Dame Kiri Te Kanawa. Vino a cantar en el Teatro Colón y, pensando que le iba a gustar enterarse de su participación en la literatura mun­dial, re-escribí el cuento en mi mejor inglés. No conseguí entra­das para su recital, pero me aposté en la puerta por la que entran los artistas, y logré darle el sobre en la mano. Mylady me lo agradeció con una sonrisa en Sol Mayor, pero no me hizo llegar ningún comentario. Pasado un tiempo, le envié por correo certi­ficado una copia, pero sigo sin saber si por lo menos lo ha leído. ¿Habría preferido un ramo de flores? Aunque naturalmente estoy muy decepcionado por esa inexplicable falta de cortesía, separo lo personal de lo artístico, porque no quiero privarme del goce de su voz.  Estoy convencido de que Wolfgang Amadeus, si vi­viera, estaría de acuerdo conmigo en que ella es una cantante mozartiana por excelencia.

Para escucharte mejor
El atractivo anuncio de un curso de apreciación musical in­vitaba a concertar una entrevista antes de inscribirse. Con la buena intención de formar así grupos de alumnos con conoci­mientos y expectativas similares, Víctor Neuman demostró ser un muy buen docente. Nos ayudó a disfrutar más de la música, enseñándonos a distinguir instrumentos de la misma familia, a apreciar diferencias de interpretación y a valorar el acompaña­miento, esa difícil tarea de relegar la voz cantante a un segundo plano.
 Víctor era oboísta; tocaba en pequeños conjuntos y ocasio­nalmente en la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Su sim­pática e igualmente dotada mujer, Delia, era la segundo violín de esa orquesta. Contrariamente a lo que yo creía –y no soy el único-, el ‘segundo violín’ no reemplaza al principal, sino que conduce a los segundos violines. Poco antes de conocernos, De­lia se había lucido en el Colón como solista en un concierto de Bruch, y ahora acababa de volver, fascinada, de un seminario en Bucarest, dictado por una violoncelista rumana, considerada la máxima autoridad en la materia. En su hospitalaria casa del pintoresco barrio de San Telmo, Delia se sen­taba de vez en cuando con nosotros y nos deleitaba ilustrando en el piano las ex­posiciones que daba Víctor. Más que clases formales, eran reuniones musicales que a menudo terminaban, con o sin Vivaldi, en una prosaica pizzería cercana.

Otra feliz idea de Delia fue invitarnos a un ensayo de or­questa. Para mí fue otra experiencia extraordinaria con Leopold Hager, nuevamente de visita. Él es austríaco y no hablaba caste­llano, pero se hacía entender muy bien en italiano y, por supues­to, en el universal lenguaje de la música. Sólo una vez, alguien tuvo que actuar de intérprete para aclarar una indicación poco usual. La atención se centró en la cuarta sinfonía de Mendels­sohn, conocida como la Italiana. A los aficionados nos gustaron los primeros compases, pero el señor Hager no opinaba lo mis­mo. De una manera sumamente agradable pidió para un determi­nado pasaje un cambio de ataque, y para otro, una mayor parti­cipación de los metales. Se necesitaron algunas repeticiones, y me pareció que el conjunto demostró una gran ductilidad. Además de ajustes técnicos, hicieron un esfuerzo para amoldarse al concepto del maestro. Como resultado, la última interpretación fue, no necesariamente más hermosa, colorida o brillante, quizás de todo un poco, pero sí diferente de la primera.

En un concierto, la ubicación de mi butaca, detrás de la or­questa, me parecía desfavorable, pero eso era porque no conocía la acústica que tiene la sala grande del Concert­gebouw de Amsterdam.. El sitio me deparó, ade­más, la muy grata sor­presa de encontrarme frente a Willem van Ot­terloo, y ver de muy cerca su conducción, fuera de lo común. No balanceaba su cuerpo, no agitaba sus brazos, los mantenía casi inmó­viles, extendidos a la altura de los hombros. Tampoco usaba batuta, se comunicaba con la orquesta con cada uno de sus expresivos dedos y con su cabeza, adentro de la cual unos ojos profundamente azules emitían un fervor electrizante. Quedé tan hechizado por ese particular estilo, que recuerdo so­lamente una de las obras, a pesar de que el concierto estaba ínte­gramente dedicado a Beethoven cuando ya era mi compositor predilecto.

Cincuenta años después leí la explicación que Pierre Boulez dio a un crítico musical que le preguntó por qué él  prescindía de ese símbolo de rigor que es la batuta:

“La considero absolutamente innecesaria, por lo menos para mí. Siento que con mis manos, en especial con la derecha, tengo más libertad, por­que puedo marcar un ritmo muy preciso. No es la batuta lo que hace eso: es el brazo el que marca la precisión. Y con las manos puedo marcar el tipo de sonoridad que quiero. Si quiero una sonoridad dura, mi mano será rígida y firme. Cuando, al contrario, quiero una sonoridad suave, relajo la mano, que es muy flexible”.

martes, 11 de febrero de 2020

Identificación de comentaristas

Buenas noches, una interrupción dirigida a los que me han enviado un comentario sin mencionar su nombre. Desde ya, puedo agradecérselo y/o responder, pero prefiero hacerlo sabiendo con quién estoy hablando.
Por lo tanto, les pido que den un paso atrás y vuelvan a mandar su comentario "firmado". Por favor háganlo también en lo sucesivo, hasta que yo descubra cómo puedo aceder a los datos personales que presentaron antes de enviar el comentario.
Muchas gracias, y que tengan un estupendo 12 de febrero, el único de este año.-

COSAS MÍAS (7)

En bicicleta, a dedo
También estaban de vacaciones en Holanda mis tíos Han y Bert –el hermano mayor de papá- y sus hijos Ron, Roel, Max, Ina y André. Nos conocíamos sólo por haber sido vecinos en Jakarta durante medio año, y de algún fin de semana largo. Este reencuentro fue el principio de una relación duradera, especial­mente con Roel y Max, que tenían mi edad y que también se quedarían a estudiar en Holanda. Ellos ya habían hecho algunos paseos, y me estaban esperando para conocer Limburgo.
Una de las atracciones de esta provincia sureña son las ca­vernas. Cuerdas tendidas en varios puntos señalaban el circuito, bloqueando el acceso a caminos por los que uno podría no vol­ver. Sería por eso que el turismo recomendaba una visita a esos laberintos como imperdible. A la tarde cambiamos de panorama, haciendo cumbre en el punto más elevado de Holanda. 330 Me­tros serán pocos en comparación con los 4.807 del techo de Eu­ropa, el Mont Blanc, pero son una altura considerable en un país que por casi la mitad no se eleva por encima del nivel del mar. Banderas alemanas y belgas dan jerarquía internacional a este sitio, donde se unen las fronteras de los tres países.


 En esos primeros años de posguerra, el transporte público era deficiente, y había pocos autos particulares. Pero eso no im­pedía el turismo, y una de las alternativas era viajar a dedo. En las salidas de ciudades y pueblos se formaban largas filas, sobre todo en épocas de vacaciones. Los conductores, casi todos em­presarios y viajantes de comercio, eran conscientes de su privile­gio y sentían la obligación moral de llevar a acompa­ñantes. Si viajaban solos, incluso les convenía, ya que una charla acortaba el trayecto y combatía el sueño. Los pasajeros solían devolver la gentileza con un café, un refresco o cigarrillos cuando paraban en una estación de servicio. Todavía escaseaban alimentos y ta­baco, que sólo se conseguían con cupones de racionamiento. Hay que recordar también que viajar de ese modo era posible gracias a la poca delincuencia en esos tiempos.
 Nos largamos en bicicletas prestadas y alquiladas. Siguien­do el consejo de ciclistas experimentados, nos turnábamos para ocupar la posición delantera y marcar el paso lo más constante­mente posible. Así, los demás podían charlar y mirar alrededor, más distendidos. - Descubrimos que los ciclistas también podía­mos hacer dedo. No con Fititos y 2CV, sino con Bedford y Mer­cedes Benz, a un nivel mucho más elevado. Allí en lo alto, aco­modados entre cajones y bolsas con mercadería, nos encontrába­mos con otros mochileros, con o sin bicicleta pero todos con las mismas ganas de llegar a Bélgica y Luxemburgo sin tener que pedalear o caminar largos tramos planos y no tan variados como las colinas y los bosques.
 Pernoctábamos en los albergues de la juventud que, dise­minados por Europa, comenzaban a tener fama. Eran hosterías sencillas y económicas, porque el servicio solían prestarlo el dueño y su familia, y los huéspedes colaboraban con alguna ta­rea doméstica. Lavar platos, barrer habitaciones, el patio o el jardín, lustrar el bronce de puertas y objetos chicos, hacer alguna compra para la cocina o emparchar una goma pinchada, desean­do que la bicicleta fuera de la rubia hija del dueño, y no de él o de su mujer.

        Vivir "solo"
 Comencé el nuevo año escolar en Utrecht, una joya arquitectónica en el centro geográfico del país y con una rica histo­ria. En el tercer piso de una casa vieja alquilé una habitación con una hermosa vista a una avenida que corría al lado de un canal. Pero allí sólo dormía y tomaba el desayuno; el resto del día fuera del colegio lo pasaba con mis primos en la casa de su abuelo materno, a la vuelta.
Los fines de semana iba en tren para ver a mi familia en La Haya. Una regocijada hora de ida los viernes, y un nostál­gico regreso los domingos. Si no recibíamos visitas, salíamos a pasear. Nuestro equipaje incluía un baúl lleno de regalos y aten­ciones que amigos, colegas y vecinos enviaban a sus parientes en la madre patria – en ese momento, Holanda todavía lo era. Papá quería conocer, o volver a ver, a todos los destinatarios. Si vi­vían lejos, mejor, eso le daba un buen pretexto para recorrer el país. A menudo nos invitaban a comer; en casa de compatriotas nos servían invariablemente comida indonesa o china.
Con respecto a esta última cocina, Kie Toan Seng –el amigo de papá que luego me regaló la máquina de fotos- nos había in­vitado a una cena de despedida. Con la delicadeza que caracteri­za a los orientales, la señora nos pidió discul­pas por ofrecernos un ága­pe tan humilde. Éste con­sistía en un desfile de ban­dejas y una infinidad de platos, cazuelas y compote­ras, escoltados por fuentes y otros recipientes. La frá­gil y transparente porcela­na, pintada con dibujos en los que dominaban drago­nes, hacía aún más apetitosas las obras de arte culinarias.
Papá conocía bien la etiqueta de estas ceremonias. Había que comer poco, muy poco, de cada plato. Me advirtió que nos iban a traer más manjares de lo que yo pudiera ima­gi­narme. No era comida liviana, y si me servía como en casa, no llegaría al primer postre. Con la sabiduría de mis quince años no le hice caso, me parecía una ofensa despreciar semejante des­­pliegue gastronómico. Así me fue. Para mi desolación, las delicias de la cuarta presen­tación bailaban delante de mis ojos – o probablemente eran mis ojos los que bailaban. Y todavía faltaban otros tantos platos. Por supuesto, me perdí los postres también.
Por esa frustración no me acuerdo si al final del banquete nos ofrecieron arroz. Mi padre seguramente lo sabría, pero no se lo pude preguntar, porque ya había fallecido cuando me enteré de un curioso aspecto de ese protocolo, al leer la biografía de un chino. Servirse de esta última fuente sería una descortesía, por­que el anfitrión se ofendería al constatar que entonces la comida no habría sido suficiente.

      Terminadas sus vacaciones, mis padres volvieron a Indone­sia. Me hicieron prometer que les escribiría todas las semanas, aunque fueran tres líneas, una señal de vida, sin necesidad de informar sobre el próximo boletín o gastos que no estaban en el presupuesto. Durante unos cuántos años he cumplido con esa promesa, a pesar de que ellos me escribían mucho menos. El cambio de estado civil, la paternidad y un empleo cada vez más exigente hicieron bajar la frecuencia, pero una carta cada tres semanas durante más de cincuenta años me parece un muy buen promedio. La costumbre me ha ayudado a fortalecer el hábito de escribir, y a mantener una fluida correspondencia, no sólo con ellos.


Mi tío Bert también había vuelto a su trabajo de inspector de es­cuelas en Indonesia. Ina y los varones mayores se quedaban a vivir en Holanda; mi tía Han y André, el menor, iban a viajar unos meses después. Pero poco antes de embarcarse, mi tía contrajo pulmo­nía y murió. Su padre era ya anciano. Postrado en una silla de ruedas al cuidado de un ama de llaves, la situación lo superó, y se agravó cuando casi al mismo tiempo Ina y Max también se en­fermaron gravemente. Sólo una rápida internación les salvó la vida. Quienes tomaron cartas en la emergencia, fueron Dee, otro hermano de papá, y Zus, su mujer, que no tenían hijos. En­contraron cerca de su departamento en La Haya un lugar que parecía apropiado para mis primos. Y para mí también, puesto que yo iba a vivir con ellos en la casa de amigos de sus padres - un propósito que no pudo concretarse, coincidentemente también debido a un inesperado fallecimiento en esa familia. 

El Instituto Valonés, regenteado por la protestante Iglesia Valo­na, ofrecía una solución a padres y tutores que por una razón u otra no podían vivir con sus hijos o pupilos. Lo dirigía un matri­monio mayor, secundado por tres docentes que vigilaban y apo­yaban a unos veinte pupilos en sus tareas escolares y actividades extraprogramáticas. A Roel le correspondía una habitación para estudiar, la compartía con otro alumno de quinto año. Los demás hacíamos los deberes en la sala de estar, pero el año siguiente Max y yo también disfrutamos el privilegio de esa privacidad, que incluso nos permitía el discreto uso de una radio. Mi serio e inteligente compañero era un excelente estudiante. ¡Ojalá hubiera segui­do su ejemplo!
La comunidad se basaba en principios religiosos rigurosos. Se rezaba en voz alta antes y después de cada comida, y los domingos eran consagrados enteramente a Dios: se iba a la iglesia por la mañana y por la tarde. A pie; ni en bicicleta ni con el transporte público, porque se consideraba que esos empleados también deberían respetar el domingo. Sin embargo, el director se veía obligado a admitir excepciones para algunos chicos que salían el fin de semana. Desde ciudades cercanas, no era un problema llegar a tiempo al colegio el lunes. Pero los que estaban en lugares muy distantes, podían regresar el domingo, puesto que de lo contrario tendrían que tomar inexistentes trenes u ómnibus a las cuatro de la madrugada.
Por suerte, en esos años comenzaban a ser más flexibles; nosotros ya podíamos pasear en bicicleta y en tranvía los domingos. Obviamente, los servicios religiosos se­guían siendo obligatorios, pero una vez por semana era suficien­te. Además, podíamos elegir entre algunas iglesias. Al lado del Instituto había una, pero la descarté desde la primera vez. El interminable sermón me pareció muy severo y los salmos, mo­nótonos. Prefería una iglesia cuyo pastor era moderado y sabía elegir los himnos, a cuál más melodioso. Me encantaba cantar­los, estimulado por el acompañamiento de un magnífico órgano y de la feligresía.
Relacionada con el Instituto, estaba la Iglesia Valona; ésta me atraía por el culto en francés y el pastor que nos daba catequesis en ese bello idioma. Su apellido era For­get, pero con las iniciales G.Y.P.A.B., ¿de qué otro modo podía­mos llamarlo? Era un hombre chispeante, lleno de vitalidad, sa­biduría y humor. Sus explicaciones de relatos bíblicos no los hi­cieron creíbles, pero me cautivaban; salpicadas con citas litera­rias y reflexiones filosóficas, eran verdaderas lecciones de vida. Años después, me enteré de un nombramiento merecido: la Rei­na Juliana lo había designado Predicador de la Casa Real. Claro está que en la noticia no se refirieron a <el Pastor Gypab>, pero me gusta pensar que los habitantes del palacio también lo llamasen así. 

Amor a la valonesa
En el Instituto Valonés conocía a Sylvia, que era pupila des­de muy chica. Ella fue mi primer amor, aunque no a primera vista. Por timidez, y porque yo no estaba seguro de qué significaban muchas sensaciones confusas. Con su intuición y mente clara, Sylvia me ayudó a distinguir y ordenar esas señales, y a apreciar la buena música y otras fascinaciones del arte. Mi vi enredado en una mezcla de voluptuosas emociones musicales y afectivas, que me ha llevado al grato descubrimiento que el goce estético y el erótico se llevan muy bien. Por eso asocio siempre el melodioso bel canto italiano y la desbordante sonoridad sinfóni­ca alemana con la belleza femenina. ¡Y cuánto más agradable si la hermosura exterior se une con la interior! 
Cuando terminamos el colegio, Sylvia fue a trabajar por un año en Inglaterra, y yo a estudiar en Wageningen. Nos escribía­mos con la frecuencia que era de esperar. Lo inesperado fue un repentino vacío en la comunicación, de mi parte. No sé si habrá sido por el torbellino de mi nueva vida estudiantil o por algún otro cambio, en todo caso no fue por conocer a otra moza. Me quedo con buenas remembranzas de una relación rica con una chica rica. Muy rica, en belleza exterior e interior. Como despe­dida, me regaló un libro con esta dedicatoria:

 La fuerza física vale algo; la fuerza de voluntad vale mu­cho, pero la que vale más es la fuerza espiritual.

sábado, 8 de febrero de 2020

COSAS MÍAS (6)



Me acordé de ese apetito cuando un tío me con­tó sobre un paseo con un amigo en velero, en el IJs­sel­meer - un mar interior que, a pesar de estar rodeado por pólde­rs, sigue siendo un lago de respe­tables proporciones. Al medio­día se dieron cuenta de que se habían olvidado de llevar las pro­visio­nes preparadas. A bordo encontraron sólo un paque­te de biz­co­chos, rema­nente de una excursión ante­rior. Pero el tiem­po estaba esplén­dido y ellos tan entretenidos con la nave­ga­ción, que deci­die­ron no perder tiem­po en vol­ver.
Cuando a la noche entraron en un restau­rante, dijeron al mo­zo que no espera­ban manjares, pero sí porciones generosas. Efectivamente, les sirvieron can­ti­da­des considerables, por lo me­nos en la opi­nión de mi tío, que también tenía buen diente. Pero su amigo pidió hablar con el maître. "Se­ñor mío, habíamos que­dado en que la comida no te­nía por qué ser deli­ciosa. Pues no lo era. Pero ha­bía­mos pedido que fuera abundante. Bue­no, tam­po­co lo era. Por fa­vor, tráiga­nos más papas fri­tas". Una voracidad comprensible.


Las gaviotas son frecuentes y fieles com­pa­ñeras en los largos viajes por mar. Se ali­men­tan de pe­ces, pero como no des­pre­cian comple­mentos de su menú, están per­ma­nen­te­mente al acecho de mo­vi­mientos en el agua al­re­dedor de los bar­cos. En cuanto se abra un ojo de buey de la co­ci­na, la no­ti­cia co­rre como reguero de olas, y des­de todos la­dos blan­cas y gri­ses aves se aba­lan­zan so­bre los restos de comida. Sólo en esas oca­sio­nes in­te­rrumpen su vue­lo, cuya ca­pa­ci­dad pare­ce ser ili­mitada.
En la popa, mi lugar de observación predilecto, me apoyo en la ba­ran­di­lla y siento la fuerza pro­pulso­ra de las má­qui­nas. Todos los co­lo­res del sol se reflejan en atro­pe­lla­das llo­viznas sa­li­nas que se des­pa­rraman so­bre las agu­as re­vuel­tas. La burbu­jeante es­te­la se re­nueva constan­te­mente; una franja de es­pu­ma se en­sancha y que­da visi­ble por largo ra­to, como un nexo con el ho­rizon­te del pa­sado.


 Con un ritmo lento, muy lento, la proa se alzaba­ sobre el agua y se hundía en los huecos de las olas, largas y potentes. Por primera vez desde que salimos, no me agradó sentir la brisa en la cara. No sabía qué me pasaba, me costa­ba tragar, me fal­taba el aire. Los olores maríti­mos -¿qué olor tie­ne el mar?- me encanta­ban, pero de repente me resul­taban repugnantes. Lo ce­les­te del cielo se volvía gri­sáceo, y la espu­ma sobre el agua verde, su­cia. El es­tó­mago estaba ubicándose en­cima del esófa­go, y sentí un crecien­te deseo de abando­nar la calesita lo más pron­to posible, de tirarme por la bor­da si esto seguía así.
 Ese día conocí la súbita preferencia por la muerte, para no se­guir sufriendo el malestar, que es una inconfundible caracterís­tica del mareo. Curiosamente, me sobre­vino no durante la travesía del Océano Índico, sino cuando ya estaba terminando. Al acercar­nos a las relati­va­men­te calmas aguas del Gol­fo de Aden, volví a disfrutar del mar y de vistas extraordinarias, como la del Cabo Guardafui en la costa africana. En lo alto de una roca que formaba una  bóveda por donde nuestro barco podría pasar, un faro orientaba a la na­ve­ga­ción. Si ­­la tie­rra fuera plana, pensaba yo, sus destellos serían visi­bles des­de Hawaï o, por qué no, desde San Fran­cisco.
En el Mar Ro­jo pasamos por el lugar donde el Antiguo Tes­tamento relata que fina­lizó el Éxodo de los judíos - aunque no existe segu­ridad sobre el sitio exacto del paso. Hay un cuento de un hom­bre que en un viaje se ma­reó te­rrible­men­te. Cuando se le había pasado el males­tar, dijo con gran alivio: “¡Aho­ra comprendo por qué los ju­díos cruza­ron el Mar Rojo cami­nando!"
Esa historia la tenía en su repertorio Max Tai­lleur, un ho­lan­dés que se hizo famoso contando chis­tes de ju­díos. Él mismo era judío, una si­tua­ción que de­sarmaba al público. En su café-teatro De Doof­pot, en el Rem­brandt­plein de Amster­dam, ha­bía siem­pre papel y lápiz sobre las mesas. Sus chis­tes solían ser cor­tos y se suce­dían rápi­damente, así que re­sul­taba difí­cil ano­tar, entre car­ca­ja­das, uno sin per­der­se el si­guiente. Antes del invento del gra­bador de bolsillo, era la úni­ca mane­ra de re­tener al­gunos.

Varios años después de haberlo visto en Amsterdam,  acom­pañé a Max Tai­lleur desde su hotel en Buenos Aires a un teatro en el suburbio de San Isidro, donde iba a actuar para el Club Holandés. Contraria­men­te a mis ex­pecta­tivas, no habló mucho, proba­ble­mente es­ta­ba cansa­do o quería con­cen­trar­se en la fun­ción.

En la madruga­da se a­cer­caron dos re­mol­cado­res para guiar­nos desde la rada de Suez por los ciento sesenta kiló­me­tros del Canal, la obra en cuya cons­truc­ción el genial Ferdi­nand de Les­seps cum­plió un papel tan impor­tan­te. La marcha tenía que ser muy len­ta, porque el oleaje de trein­ta barcos por día ero­sio­na­ba los bordes. También por los vientos que desde el desierto so­pla­ban continuamente arena en el angosto pasa­je, era necesario un dra­gado perma­nen­te. La costa egip­cia es fér­til, es la zona de in­fluencia del Ni­lo. Por el lado ára­be, mu­cho más ári­do, cara­va­nas de solemnes came­llos trans­por­taban te­las, perfumes, aceites, dáti­les y otras pro­vi­sio­nes a los oa­sis. En el ante­puerto de Port Saïd, en el extremo medite­rráneo del Canal, el "Oranje" quedó ancla­do a la espera de un lugar en el muelle. Inme­diatamente nos rodearon decenas de lan­chas car­gadas con estatuillas de marfil (¿o imita­ción?), bi­joute­rie, mante­le­ría, al­fom­bras y otras arte­sa­nías. Ávi­dos vendedores anunciaban a gri­tos su maravi­llo­sa mercadería. Pasaje­ros ave­za­dos ad­vertían a los neófi­tos de no pagar jamás el pre­cio soli­cita­do, porque era, por defi­ni­ción, de­ma­siado al­to.


En algunos ambientes, el rega­teo es un ele­mento indis­pen­sa­ble de cada tran­sac­ción.  La pri­mera contra-oferta debe ser bien baja. Ante seme­jan­te des­propósito, el co­mer­cian­te se cubri­rá la cara y hará la mími­ca de ali­mentar a ni­ños. Sin em­bargo, si el cliente no se conmueve, hará un gesto magnánimo. El tu­ris­ta, mos­trando a su vez buena vo­lun­tad, aumentará un poco su pri­mera cifra, pero la diferen­cia seguirá sien­do gran­de y el ven­de­dor se lamenta­rá, declarando que así no po­drá vivir, y que tendrá que dedi­carse a otro ofi­cio. Pero cuan­do ve que el clien­te hace el ademán de ale­jar­se, se­guirá disminuyendo el precio.
Y a­sí, por etapas, suelen lle­gar a un acuer­do, pero no sin que el mer­cader haya invo­cado a Alá, al Profeta y a todos los cie­los como tes­ti­gos de esta in­fame ex­plo­ta­ción de po­bres y ho­nestos tra­ba­ja­dores. El ineludi­ble rito le da al com­prador la satisfac­ción de no ha­berse deja­do estafar, y al ven­dedor el agrado de ha­ber con­clui­do un buen nego­cio. Y los dos ten­drán razón.
A mí me divierte presenciar ese juego, pero no sé negociar. Una de las po­cas veces que no pude evitar hacer­lo fue en un mer­cado de pulgas en Floren­cia, don­de habíamos echado el ojo a unas boni­tas cuchari­tas de té y ca­fé. El simpá­tico ven­de­dor, al oír­nos deli­be­rar, nos contó que ha­blaba un poco de cas­tel­la­no que había aprendido de una novia cor­do­besa. Cuando insistí en mantener mi ofer­ta, sacó de un cajón una car­peta y me mos­tró su pre­cio de cos­to. ¡Qué casualidad que tenía esas cifras a mano! pero me con­ven­ció. Además, su últi­mo precio era realmente razo­na­ble.
Otro espectáculo atractivo en el puerto de Port Saïd lo ofre­cían chi­cos de no más de diez años. Nadando alre­dedor del bar­co, recogían mone­das que los pasa­je­ros les tiraban. Al vol­ver a la superfi­cie, las mos­tra­ban con­ten­tos, entre los dientes. Algu­nos logra­ron su­bir a bordo, para arrojarse al agua desde la cu­bier­ta princi­pal, creo que unos diez metros. Se co­men­taba que in­cluso eran capa­ces de nadar por deba­jo del bar­co. Esa ha­za­ña no la vimos, pero no nos pa­re­ció in­creí­ble.
El día entero a pleno sol en la cubierta, dis­fru­tando del paso por el Canal, me había cau­sa­do un principio de inso­lación. Debo de haber sido el único pasajero que al caer la noche no bajó a tie­rra para conocer Port Saïd. Así me perdí el paseo y la aventu­ra que tuvo mi madre. En el bullicio de gente en las ca­lles angos­tas había mu­chos roces lógi­cos, pero un momen­to dado ella tuvo una sen­sa­ción desa­grada­ble. In­tui­tiva­mente agarró su muñeca iz­quierda y, aho­gando un grito, la levantó: su reloj pulse­ra de oro que­daba colgado de la ca­de­nita de segu­ridad que, fe­liz­mente, había cumplido su fun­ción.

La isla de Sicilia parece una pelota ovalada que está a punto de ser pa­teada por la bota con­tinental de Italia, sólo un  pasa­je ma­rí­timo las separa. Ese bellísimo Estrecho de Mess­i­na estaba fue­ra de la ruta habitual, pero el capi­tán nos ofre­ció el de­leite de un desvío, cal­culando la velo­ci­dad para lle­gar allí con las pri­meras lu­ces del día. Era pleno vera­no, amane­cía a las cuatro y me­dia, la ne­blina iba disi­pándo­se, y otra vez los ma­dru­gado­res re­ci­bimos un pre­mio. Pasto­res cui­da­ban sus dóci­les cabras, otros cam­pesinos lle­va­ban mo­vedi­zos cer­dos al merca­do. Ese am­biente bucóli­co, ¿era la sede de la san­grien­ta y ven­gati­va Ma­fia? Cos­taba creer­lo.
Sobre la costa italiana, en la punta de la bota, Reggio de Ca­labria y otras po­blaciones se re­costaban sobre los cerros. Colo­ridas ve­tas de minerales se dibujaban entre la vegetación agres­te. En diminu­tos bar­qui­tos, me­ciéndose so­bre el trans­pa­rente olea­je azul si­ci­liano, pes­­ca­do­res devolvie­ron ale­gre­men­te nues­tros sa­lu­dos.
En el extremo norte del Estrecho, pasando el puerto de Me­ssi­na, las aguas estaban tur­bulen­tas, aunque tal vez no tanto co­mo cuando el in­tré­pido Ulises pasó por allí, hace más de tres mil años.  Me lo ima­gina­ba en su Odi­sea, maniobrando desesperada­mente para es­qui­var los temi­bles re­moli­nos alrededor del ma­ci­zo es­collo de Escila sin ser arrastrado por los igualmente peligro­sos torbellinos ori­gi­nados por Caribdis, la otra roca enfrente.

Después de pasar por Gibral­tar, la roca legendaria y estra­té­gi­camente importante, pero no peli­grosa para la na­vegación, rodeamos Espa­ña y Portu­gal y en­tra­mos en el Gol­fo de Viz­ca­ya, fa­mo­so por las terribles tem­pes­tades que suelen desa­tarse allí. Pero a nues­tro paso en­con­tra­mos la pla­cidez de una lagu­na en un fin de semana; sólo fal­ta­ban ve­leros y yates. Años después, yo cono­cería la otra faceta de ese Golfo.
Al ir acercándonos a Holanda me preguntaba si al salir del Mediterráneo el timonel no habría virado accidentalmente al sur en vez de al norte porque, si bien era verano, la temperatura cer­cana a los treinta grados no se correspondía con las imágenes frías que siempre nos habían presentado. El barco había dismi­nuido su marcha, y la sirena anun­ciaba enfática y casi permanen­temente su presen­cia, muy necesario por el tránsito en el Canal de la Mancha, que es intenso en todo momento. Pocas horas des­pués flotábamos en una de las esclusas marí­timas de IJmui­den, que con sus espacio­sos 400 por 50 me­tros es la más gran­de del mundo. Aún a bor­do de un buque con el respetable porte de 20.000 to­nela­das me sentí como perdi­do cuando se cerra­ron las com­puertas. El agua habría baja­do unos tres me­tros, pero las paredes parecían ha­berse eleva­do como diez.
Esa sensación de encierro la tuve de nuevo un año después. Paseando con mi pri­mo Roel en canoa por los ríos y canales de Ho­lan­da, pa­sa­mos por una es­clusa. Por su­pues­to, era más pe­queña que la de IJmui­den y la dife­ren­cia de los niveles de agua también era menor, pero vistas desde nuestro esbelto botecito, las em­bar­ca­cio­nes flu­via­les moviéndose en la corriente nos pa­re­cían tran­satlán­ti­cos. ¡Qué ali­vio, po­der vol­ver a re­mar en espa­cios abier­tos!


Faltaba un corto tramo por el Canal del Nor­te, que une el mar abierto con Amsterdam. Con esa lle­ga­da comenzó la se­gun­da etapa importante en mi vida. Yo estaba acostumbra­do a mudanzas, ya que en esos quince años había­mos tenido catorce do­micilios en cinco ciuda­des. Sólo que los cam­bios que golpeaban ahora en mi puerta eran más impor­tan­tes que los anteriores: mis padres y mi única hermana volverían a Indonesia, y durante por lo me­nos cin­co años -hasta su próxi­mas vacacio­nes- yo iba a estar lejos de ellos, en un país con un cli­ma y cos­tum­bres muy dife­ren­tes de los que co­nocía. Pero en Ho­landa vi­vían parien­tes con los que teníamos muy bue­nos lazos, y con­fié en que me adap­taría a las nuevas cir­cuns­tan­cias sin mayo­res pro­ble­mas.
 Alquilamos el primer piso de una casa en un barrio residen­cial de La Haya, donde terminaba la edificación metropolitana. Desde el living teníamos una amplia y colorida vista sobre tran­vías amarillos, los urbanos, y otros azules, interurbanos, que pasaban por una avenida de circunvalación. Más allá, un tren eléctrico verde atravesaba praderas sin espantar a las vacas.
 Los primeros rayos del sol entraban libremente por la ven­tanilla del altillo donde yo dormía. Tenía sueño todavía, pero no quería llegar tarde al desayuno y, contento por las andanzas que me esperaban, me asomé a la ventana. Afuera reinaba el mismo silencio que adentro. No había un alma en la calle, ni chicos ju­gando, ni lecheros ni repartidores de diarios. - Si éste es el in­dustrioso pueblo holandés – me preguntaba yo - ¿qué hace todo el mundo en la cama en un día radiante? Estábamos en vacacio­nes, pero era un día laborable. Mi reloj indicaba una hora que no podía creer. Estaba seguro de haberle dado cuerda antes de dor­mirme –aún faltaban décadas para la aparición de los relojes de cuarzo-, igualmente lo di vuelta, lo sacudí y me lo acerqué al oído. Sí, andaba. De repente recordé que la noche anterior ha­bíamos tenido luz hasta las diez de la noche, así que no debería asombrarme que amaneciera a las tres de mañana. Volví a la ca­ma, pero la excitación sobre ésta y otras novedades no me dejó dormir más. Así estaba listo para atajar las primeras rebanadas de pan que saltaron de la tostadora.


viernes, 7 de febrero de 2020

COSAS MÍAS (5)



¡ADIÓS INSULINDIA,
HOLA PAÍSES BAJOS!

A lo largo de cinco mil kilóme­tros entre el Océano Índico y el Pacífico, dieci­sie­te mil quinientas islas –de las que un tercio está des­habitado- forman alrededor del ecuador el archipiélago más grande del mundo, un Cintu­rón de Esme­ral­das. Es la lírica descripción que hizo un escritor holandés, mucho antes de que Serafina me llevara a Insulindia, Islas de la India, luego llamadas las Indias Orientales Holandesas. Cuando en 1945 éstas procla­maron su independencia, tenían 70 millones de habitantes; en el 2005 eran 220 millo­nes, la cuar­ta pobla­ción del mundo. 300 gru­pos ét­nicos ha­blan 250 idiomas y se comunican en una lingua franca, el mala­yo, que luego evolucionó en el idioma oficial, el Bahasa Indo­ne­sia.
Pero en mi casa y en el colegio hablábamos ho­landés. Mi ta­tarabuelo paterno era un campesino sui­zo. Tenía un espíritu  muy religioso, aunque recién a los treinta y dos años respondió a la voz de Dios que le impulsó a cristianizar a paganos en zonas tro­picales. Dado que Suiza no tenía colonias, in­gresó en una congre­gación protestante en Holanda, y fue enviado a las Molu­cas. En un diario de a bordo describió esa travesía de 137 días que fue, como era habitual en el si­glo XIX, un viaje de ida sola.


Conocemos muchos detalles interesantes de su vida. Algu­nos, sobre su juventud y adolescencia, los contó él mismo,  otros fueron encontrados en dos biografías muy descriptivas de su dificilísima vida como predi­ca­dor en una pequeña isla. Se casó con una holandesa, al igual que varios de sus descen­dien­tes, que se han dispersado por el mundo. En la sép­tima, y por lo que yo sepa hasta hoy la última, gene­ra­ción (que es la de mis nie­tos) sigue corriendo sangre holandesa, mezclada con la de otras na­cio­na­li­da­des. – Lo mismo ocurre con mis antepasados maternos, sólo que en este caso mi ascendencia holandesa data de la gene­ración posterior; mis tatarabuelos eran ingleses, procedentes de Inglaterra y de Sud África. Parientes de esta rama también viven en los cinco continentes.
 Siempre me ha gustado mucho viajar; lo he hecho bastante me­nos de lo que hubie­ra que­ri­do, pero tengo bue­nos re­cuer­dos de todos mis viajes. Especialmente de los que hice en el tren ex­pre­so entre Batavia, en la húmeda y calu­rosa costa de la Java Occiden­tal, y el agradable clima de Ban­dung. Allí, en el interior a se­te­cien­tos metros de altura, solíamos pasar las vacaciones con mis abuelos maternos.El tra­yec­to de ciento ochenta kiló­me­tros era una fiesta para los ojos. En esas dos horas y media, los fogone­ros trabajaban a todo vapor, a la par de la máqui­na que reso­plaba li­berando la pre­sión de su cal­dera para llevarnos por los tú­ne­les y los alti­pla­nos y pre­ci­pi­cios de la be­llí­sima cor­di­llera volcá­nica del Pre­an­ger. Plan­ta­cio­nes de té y qui­ni­na y cien otros vegeta­les tro­pi­cales se des­plegaban en todos los tonos posi­bles del ver­de y bronce y oro. Por un puen­te largo y muy alto, el tren cruzaba un río a pa­so de hom­bre, y tirába­mos cara­melos a los chi­cos que en todas partes del mun­do se jun­tan para jugar, sobre todo don­de co­rra agua.

Un viaje memorable lo hice en el ex­preso noc­turno de Batavia a Sura­baya. Toda­vía me veo en el ca­marote, de rodi­llas y con la nariz con­tra el vi­drio. No quería perderme un metro del juego de fantás­ti­cas som­bras del pai­saje en el res­plandor de la luna llena, y re­cién en la ma­dru­ga­da me quedé dor­mido con el ta-dang ta-dang ... ta-dang ta-dang, esa caden­cia sose­ga­dora de las rue­das que hasta el día de hoy sigue fas­cinán­dome, aún en tra­yectos lar­gos.
Después de la gue­rra hice mi debut por aire y por mar, en menos de una semana. Vola­mos en un Dako­ta tri­motor de Ban­dung a Batavia, y nos em­bar­camos en el "Oranje", el más hermo­so de los transat­lán­ti­cos de línea entre Ho­landa y lo que en ese en­tonces todavía era su colo­nia en el Le­ja­no Orien­te. El trá­fico aé­reo era toda­vía es­ca­so y bastante len­to. Ahora que ese viaje dura veinte ho­ras, re­sul­ta di­verti­do escu­char re­la­tos de los primeros viajeros, que tardaban cinco días en cubrir el trayecto.
Dos de las pocas cosas que yo sabía de Ho­lan­da -también conocida como Países Bajos porque gran parte de su territorio está a tres metros deba­jo del ni­vel del mar-, eran que allí hacía mucho frío y que sus diez millo­nes de ha­bi­tantes ha­bla­ban el mismo idio­ma que nosotros. Yo iba allí para terminar el colegio secun­da­rio y, even­tual­mente, la Universidad. Esa aventura co­menzó en 1947, cuando le correspon­dió a mi padre su pri­mera li­cen­cia. Yo estaba bien preparado para vivir fuera de la casa paterna. Lo habíamos hablado larga­mente, y yo consideraba nor­mal el lapso de cuatro o cinco años hasta sus siguientes vacacio­nes. La acelerada y poco pacífica independencia de las Indias Orientales sería luego uno de los motivos que me hicieron aterri­zar en la Argentina. Por eso se postergó otros cuatro años el reencuentro con mis padres y Rita, mi hermana que tenía ocho años, casi ocho menos que yo. A esa edad es mucha diferencia, en nuestro caso acentuada por temperamentos distintos y una separación en distancia y en tiempo.

La potencia acumulada de los dos remol­cado­res ya nos sepa­raba del muelle. Parado en la popa, en­trece­rré los ojos, y me pareció que lo que se aleja­ba no era el barco, sino el puer­to de Bata­via. Me despedí con un “hasta la vista”, sin sospechar que un “adiós” habría sido más adecuado. En ese mo­mento no pensé en cuán­do vol­ve­ría al país don­de nací y viví los primeros quince años de mi vida; lo haría exactamente sesenta años más tarde.
En todo caso, ya no en­con­traría a Bata­via, porque dos años des­pués de nues­tra par­tida la ciudad cambió de nombre por quinta vez. El nombre original del puerto, Sunda Kelapa, cam­bió a Yayakarta -la victoriosa- cuando un reino se lo quitó a otro. En 1598 los holandeses desplazaron a los portugueses, que habían deformado el nombre en Yacatra, y lo llamaron Batavia. Desde allí extendieron y consolidaron su intenso comercio con la región, una rela­ción que duró casi trescientos cincuenta años, hasta la proclamación  de la Repú­blica Indo­ne­sia en 1945. Ahora la capital se llama Jakarta.
El primer puerto que abordamos fue Singapo­re. Con el re­cuerdo, todavía fresco,  de lo que me había pasado con la noticia de la conquista japonesa, me emocionó caminar en ese conglome­ra­do de razas e idiomas, un calidoscó­pico refle­jo de su ubicación en el cruce de las corrientes co­mer­ciales y culturales de cuatro continentes. Varios edi­fi­cios eran mucho más altos que los que yo cono­cía. Sabía que en los Estados Uni­dos ha­bía cons­truc­ciones que atravesaban las nubes, pero los había visto sólo en revistas, y aquí podía contar con mis propios ojos los ca­torce pisos del Cathay Buil­ding, el más alto de la ciudad. Click, click. Y una foto más, desde otro ángu­lo.
En la cámara era fácil fijar la distancia, pero para de­termi­nar la aber­tura del dia­fragma y el tiem­po de ex­posi­ción necesitába­mos el manual de ins­truc­ciones. La máquina, una pre­ciosa Voigtländer, nos la había prestado un buen clien­te y ami­go de mi padre, un amabilísimo em­presa­rio chi­no. Era un ver­da­de­ro lujo en esos días, había que apro­ve­char esa oca­sión al máxi­mo.

Seis meses después, papá volvió a Bandung, y un párrafo de su primera carta lo leí como diez veces. ’’Fui a salu­darlo al se­ñor Kie y a de­vol­ver­le la cáma­ra de fotos. Me miró, y con esa son­risa que le co­no­ces tan bien, dijo "Mi esti­mado amigo, veo que no me he explicado bien. Era un regalo ... para su hijo". ¿Qué me cuen­tas? Te la en­viaré con el primer conocido que via­je a Ho­landa, pero hazme el favor de es­cri­bir ya para a­gra­decerle este fabu­loso presen­te’’.

A las cinco de la mañana, papá me despertó.
- Vístete rápido - susu­rró -, y ven conmigo a la cu­bier­ta.
Estábamos saliendo del Estrecho de Mala­ca. To­davía se veían las luces de Sabang, en el ex­tre­mo nor­oes­te de Suma­tra, que en las é­po­cas de los vapores era un importante puer­to abas­tece­dor de car­bón. Los venta­nales del salón nos ofrecieron una so­bre­co­ge­dora visión pano­rámi­ca del Océano Indi­co des­pe­re­zán­dose en la bru­ma ma­tu­ti­na.
Por la popa, el sol trepaba rápidamente, ilu­mi­nando la es­pu­ma de tono gris ceniza sobre la en­cres­pada su­per­ficie que se abría en abani­co delante de nosotros. El bar­co ya se movía mu­cho más que en las aguas interinsulares. Un fuer­te vien­to cru­za­do y una cre­ciente pre­sión des­de el fondo del océa­no obligaban a las máqui­nas a redo­blar su es­fuerzo. Era como un peaje que la nave debía abo­nar para in­gre­sar en ese inmenso espacio a­bier­to. Sentí angustia al tomar conciencia de las enor­mes masas de agua deba­jo de no­sotros. Pero tam­bién pensé que, si hacía se­te­cien­tos años Mar­co Polo había hecho ese viaje va­rias veces, ¿por qué ten­dría que preo­cuparme yo?

La escala en Colombo duró sólo un par de ho­ras, fue suficien­te para un paseo a pie y en ta­xi. Allí también me pareció interesante cono­cer nue­vos ti­pos de per­so­nas y de arquitecturas. Ceilán, que ahora se lla­ma Sri Lanka, mayormente conocida por su producción de té, es una isla con una natura­leza hermo­sa.

La vida social de los ochocientos pasajeros se desarrolló rá­pidamente. Los jóvenes nos pa­sábamos el día en la cubierta, en la pileta de nata­ción, jugando a los tejos, al ping-pong y al deck-tennis, un deporte parecido al volleyball, en el que dos o cuatro perso­nas se tiran por en­cima de una red un aro de goma que no pue­de to­car el piso. Bueno, puede hacerlo, sólo que sig­nifi­ca un tanto en contra.
Un entreteni­miento popular era la sweep­sta­ke. En analogía con las así llamadas carre­ras de ca­ba­llos en las que hay un solo gana­dor, se acep­taban apuestas para acer­tar la dis­tancia reco­rri­da por el barco en las últi­mas vein­ti­cuatro ho­ras. Era una ­diver­sión por partida do­ble. Pri­mero, el participante aplicaba todos sus co­no­ci­mien­tos náuticos, corrigiendo la supuesta velocidad del barco con el efec­to de vien­tos ali­sios y co­rrientes sub­mari­nas, para llegar a un millaje que parecía aceptable. La cifra exac­ta se anun­ciaba a la hora del cope­tín, para permitir al ganador fes­te­ja­r su suerte inmediatamente. La ron­da ayu­da­ba a los perde­dores a ol­vi­dar la de­silu­sión por sus cóm­pu­tos im­precisos. - De noche organizaban bailes y otros esparci­mien­tos, en lo posible al aire li­bre. Uno de estos era un juego si­mi­lar al de la oca. No re­cuerdo el nombre, sólo que las fichas eran re­pre­sen­ta­das por per­so­nas y que era muy entretenido, tanto para jugadores como para es­pecta­do­res..


El almuerzo y la cena eran los acontecimientos del día. El menú proponía, por ejemplo, Lomo, Fai­sán, Sal­món, cada uno ocupando un renglón. La eti­queta dicta que esos nombres esta­ban separados por “o”, pero los que está­ba­mos en la edad de cre­ci­mien­to, ignorábamos esa regla e interpretábamos que allí decía “y”. La diferencia era im­por­tan­te, so­bre todo a la hora de los pos­tres, por­que ¿desde cúando una torta de cho­cola­te era incompatible con un helado de fram­bue­sas? ¿Y quién sa­bía cuán­do tendríamos otra posi­bili­dad de probar esas espec­taculares crêpes flam­bées? Tal vez eran aún más ex­quisi­tas de lo que nos imagi­nábamos. Segu­ra­men­te, los mo­zos desa­proba­ban esa lectu­ra del menú, pero con­tábamos con un com­pren­sivo gui­ño del maî­tre, un cóm­plice muy apreciado.

martes, 4 de febrero de 2020

COSAS MÍAS (4)



A través de Malasia, tropas japonesas marchaban rápida y peligrosamente sobre Singapore, en el extremo sur de la penín­sula. Una tarde pasábamos con mis padres y unos amigos por delante de una dependencia naval en Batavia. Delante de noso­tros, un marinero cruzaba la vereda. Llevaba un diario, en el que alcancé a leer el alarmante título CAYÓ SINGAPORE. Se inter­puso otra persona, y el marinero desapareció en el edificio. Ex­citado, comenté lo que había visto, pero ¿quién le iba a creer a un chico de diez años? La ciudad-isla tenía una enorme impor­tancia estratégica, y la confianza en el baluarte era ilimitada.


Al principio sentí un poco de vergüenza por lo que había contado, naturalmente no porque quisiera que fuera verdad, sino porque no podía demostrar que lo había leído bien. La noticia fue publicada uno o dos días más tarde, en una letra más chica de la que yo había visto, y probablemente demorada adrede para no acelerar el pánico. Los aliados no parecían haber aprendido la lección de Pearl Harbor. Pilotos japoneses pulverizaron el mito de la isla inexpugnable al bombardear el puerto, un ataque ya no traicionero y tampoco sorpresivo, porque poco antes habían de­jado fuera de combate a dos cruceros acorazados, el  “Prince of Wales”y el “Repulse”, la columna vertebral del poder naval bri­tánico en Asia. Yo no podía evitar sentirme como un vidente sin bola de cristal.

En la habitación de mi amigo Righy Thiem nos divertíamos tardes enteras con su tren eléctrico. Con muchas vías adicionales, cambios, cruces, señales y pasos a nivel construía­mos accidentados y serpenteantes trayectos. Cargados de cajas de fósforos, bloquecitos de madera y bolitas, los vagones pasa­ban a velocidades vertiginosas por puentes y túneles formados por la cama, el escritorio y sillas. A veces, el convoy paraba en alguna estación, cuando a los ingenieros y los conductores nos invitaban a tomar el té o una limonada.
Cuando estalló la guerra, Max, el padre de Righy, los llevó a él y a su madre a Bandung, en el montañoso centro de la Java Occidental a 180 kilómetros de Batavia. Pensaba que allí esta­rían más seguros que en la vulnerable capital del país. Efectiva­mente, ésta no se salvó de algunos bombardeos, pero Bandung tampoco. Allí sonaron las alarmas una sola vez. Cayeron pocas bombas, y una dio en el refugio subterráneo de la Fábrica de Quinina, uno de los más seguros de la ciudad. El desafortunado impacto causó la muerte de cuarenta personas, entre ellas Righy y su madre.
Max  idolatraba a su único hijo y maldijo mil veces su deci­sión. Mis padres, muy amigos del matrimonio, lo acompañaron en ese difícil trance, no sé si lograron convencerlo de que no tenía nada que reprocharse. Después de la guerra se casó con una viuda, Irma, quien también se hizo muy amiga de mi madre. En Holanda, los dos matrimonios vivieron durante un tiempo cerca unos de otros. Los Thiem se mudaron a California, en bus­ca de un mejor clima, pero ya era tarde para Max. Él fumaba como un murciélago, y no superó un enfisema pulmonar.

A Irma le gustaba viajar, y siguió haciéndolo. Visitaba regu­larmente a mis padres en Amsterdam, y en una de esas ocasiones volví a verla. Irma se despidió con el “Bueno, entonces, hasta la próxima, ¿eh?”, aparentemente tan contenta como siempre. Pero antes de llegar al auto que la esperaba, ya no pudo retener una lágrima. Me tomó del brazo y dijo con voz entrecortada, “Sabes Dick, estoy bien, pero a mi edad ya no puedo viajar como me gusta: sola. No quiero ser una molestia para acompañantes, así que... A tu mamá, mejor que no se lo digas – todavía”. – Cuando volví al living, mamá se había recostado, después de suspirar resigna­da, “A Irma no la veremos más...”, un presentimiento que papá com­partía. Irma tenía 86 años y jugaba alegremente al bowling en su club de barrio pero, efectivamente, ése había sido su últi­mo viaje.

Pasar de grado sin ir al colegio

Familiares y amigos nuestros pasaron la guerra en campos de concentración o estuvieron luego, durante la lucha por la in­dependencia, encerrados en prisiones indonesas - algunas no menos de­sagradables que las japonesas-, pero con la mayoría de ellos compartimos la enorme fortuna de no haber pasado hambre. Tampoco sufrimos malos tratos y, curiosamente, mi única viven­cia personal con japoneses fue más bien tierna. Ocurrió en los primeros días después de la invasión. Al lado de donde unos chicos estábamos jugando en la calle, se detuvo un jeep. Un mi­litar de muy gruesos anteojos se bajó, y con una amplia sonrisa nos hizo señas para entrar con él en el almacén de la esquina. Nos preguntó algo que no entendimos y que tampoco nos im­portó, porque quedó muy clara su invitación a elegir golosi­nas. Con gran alegría, al vernos contentos, trató nuevamente de decirnos algo, y cuando se dio cuenta de que era inútil, se des­pidió con la misma sonrisa de oreja a oreja, dándonos la mano a cada uno como si fuéramos amigos. Probablemente lo éramos para él en ese momento, porque representábamos a los amigotes de su hijo, tan lejanos, y él sentía un impulso de regalarnos algo.
 Durante la guerra no nos permitían hablar y leer holandés en público, y por supuesto los colegios holandeses tuvieron que cerrar, pero yo tuve el privilegio de recibir clases particulares. Para no tener que andar por la calle con libros y cuadernos prohibidos, los dejábamos en la casa de la profesora y hacíamos muchos deberes allí. Sin duda, fue una maestra muy buena por­que, a pesar de las lógicas dificultades y limitaciones, logró en­señarnos todo lo que necesitábamos saber. No recuerdo cómo les fue a los otros cuatro o cinco alumnos cuando se reabrieron los colegios; yo entré en el curso que me correspondía, que era el tercer año del secundario.
Cuando terminó la guerra con Japón, se desencadenaron hostilidades con Indonesia. La colonia exigía su, ya largamente reclamada, independencia. Si bien el gobierno de Holanda estaba dispuesto a otorgársela, vislumbraba una co-gober­nación pater­nalista. Los líderes nacionalistas se opusieron a cualquier demo­ra, y recibieron un creciente apoyo de las Naciones Unidas. Ho­landa insistía en un plazo de transición, y se enfrentó con un im­paciente e inesperadamente enardecido movimiento patriótico para la entrega inmediata del poder. Pelópors, también llamados pemudas, influyentes grupos de jóvenes, fanáticos y por eso pe­ligrosos, mostraron su disconformidad con la dilación de una manera muy agresiva. Bandas revolucionarias hicieron destrozos e incendios en varias ciudades. Una noche  llegaron hasta muy cerca de nuestra casa en Bandung.

 Vivíamos en una calle de unos trescientos metros de largo, sin cruces, que bordeaba el enorme terreno que era nuestro cam­po de deportes. Esa visibilidad permitía detectar a eventuales malhechores desde lejos, por lo que los vecinos decidieron de­fenderse y no evacuar, como habían hecho los habitantes de otros barrios que estaban más expuestos a ataques sorpresivos. En grupos de dos o tres, los hombres se turnaban para recorrer la calle con cuchillas, garrotes y palos de bambú con punta afila­da. Por suerte, no tuvieron necesidad de usarlos. La veranda de nuestra casa, ubicada en la mitad, funcionó como centro de ope­raciones y provisión de té y café.
Si bien la rendición de Japón era un hecho y los militares ya habían depuesto las armas, los Aliados no se ponían de acuerdo sobré quién se encargaría de la liberación de nuestro archipiéla­go. Holanda no tenía la capacidad militar para hacerlo, y los in­gleses y norteamericanos se señalaban mutuamente. El movi­miento nacionalista aprovechó ese interregno con habilidad. Pre­sionando para que se concretara lo que Japón había proclamado ya antes de la guerra: “¡Asia para los asiáticos!”, los pemudas convirtieron esa promesa en un búmerang. Dado que los japone­ses representaban todavía la autoridad, se vieron obligados a tomar de nuevo las armas, paradójicamente para protegernos a los holandeses, sus antiguos enemigos.


Finalmente, el ejército británico perdió la pulseada para lle­nar el vacío de poder. Por la cercanía de la India, enviaron a Ghurkas y Sikhs. Provenían de regiones no muy lejanas una de la otra, pero se parecían como los Vikingos a los Bosquimanos. Instalaron uno de sus puestos de artillería en el terreno frente a casa, dejando nuestros arcos de fútbol offside. Series de ensor­decedoras salvas hacían temblar los vidrios de las casas alrede­dor, y a nosotros también. Sentíamos una mezcla de miedo y de seguridad. Las cosas no llegaron a mayores; al poco tiempo ya podíamos acercarnos a charlar con los soldados. Practicando nuestro inglés primitivo, tratábamos de comprender sus explicacio­nes sobre el material bélico. Un sistema que entendimos ensegui­da fue el de sus raciones de comida; además de pacientes, eran muy generosos, compartían con  nosotros sus chocolates y ciga­rrillos.
Reprimidas las primeras rebeliones, hubo un período de re­lativa calma. Un día, condecoraron a unos cuarenta civiles que se habían destacado en la Resistencia. Entre ellos estaba mi pa­dre, que trabajaba en depósitos de productos alimenticios. Como vendedor profesional, precisamente de esas mercaderías, su ex­periencia y conocimientos contables le permitieron engañar a los supervisores japoneses, desviando remesas para ayudar a gente que, igual que nosotros, había quedado fuera de los campos de concentración, pero que no tenían casi ingresos.
En una emotiva ceremonia en la plaza frente al edificio de la Feria de Exposiciones de Bandung, el General Mac Donald, el comandante del ejército de liberación, le entregó un precioso sable Samurai. Queremos creer que efectivamente lo había luci­do un oficial japonés en feroz combate. Papá me lo regaló, pero  no lo custodié por mucho tiempo. Cuando Robert fue a vivir en Mendoza, se lo llevó, adelantándose alegremente a la obligación que, tarde o temprano, le correspondía como hijo mayor.
El Instituto Neerlandés de Documentación de Guerra le envió a papá una carta de felicitación por la distinción que, de acuerdo con el motivo oficial, le había sido otorgada por ¡Robo con Asalto!.... Yo nunca había vista esa carta. La encontré en las cosas que papá dejó, por eso no pude recordarle lo que él mismo, con tanto afán, me había enseñado acerca de men­tir, robar y matar.


Terminada la guerra, esos centros de distribución seguían necesitando mano de obra. Esperando la reapertura de los cole­gios, me pareció divertido ofrecer mis dos manos. Me entrega­ron hilo y una gran aguja curva: ¡a remen­dar bolsas de arpillera! Un trabajo liviano y no muy remunerativo, pero útil. Las tareas pesadas estaban a cargo de tres o cuatro jóvenes, fuertes y bien alimentados gracias a su trabajo en las cocinas de un campo de concentración, del que acababan de salir. Acos­tumbrados a manipular gigantescas ollas con grandes can­ti­dades de alimentos, levantaban sin visible esfuerzo bolsas de arroz y azúcar de cuarenta kilos. Llevando, las apilaban hasta cuatro, cinco metros de altura.
Tampoco le tenían miedo a fardos que pesaban cien kilos. Naturalmente, los trataban con el debido respeto: de a uno. A veces se prestaban a hacer una demostración. Todavía los veo caminar por el depósito, algunos cargando sobre sus fornidos hombros dos de esas inmanejables bolsas,  otros con los sacos menos pesados, pero de a cinco. Hacían tramos cortos sobre un piso plano, eso sí, y paso a paso pero con seguridad, tomando conciencia de que un tropezón sería caída.
 De mis honorarios me quedaba poco y nada para aportar a la economía de mi casa, porque un helado, un chocolate o una docena de bolitas insumían por lo menos medio jornal. Por suer­te, los sábados por la tarde teníamos cine gratis, gentileza de nuestros libertadores. Allí conocí la romántica magia de Holly­wood. Fue antes de que Technicolor y Cinemascope enrique­cieran la pantalla, y los muy buenos artistas eran a cuál más simpáti­co. Red Skelton, June Allyson, Van Johnson, Errol Flynn, Dean­ne Durbin, Abbott & Costello, Laurel & Hardy, Charles Chaplin. Pido disculpas a los que no nombro aquí.
       Un cómico del que guardo un particular recuerdo era George Formby, un inglés. Lamento no haberlo visto nunca más en ninguna película (en persona, tampoco). Mucha gente a quien pregunté por él, no lo conocía. Pero hace pocos años asistí a un ciclo de cine mudo, dedicado a Buster Keaton, otro humorista formidable, comparable con mi ídolo. El organizador, un exper­to cineasta, conocía a Formby, pero me aconsejó abandonar más esperanzas de volver a verlo, excepto en alguna sala privada.


¡Siempre Listo! 
Durante unos pocos meses antes de la guerra, yo había sido lobato, en la agrupación creada por Sir Robert Baden-Powell para inculcar en los jóvenes la esencia de ser un buen ciudadano. Aparte del grito de reconocimiento y el uniforme, del que estaba muy orgulloso, no me acuerdo qué hacíamos y cantábamos, pero me gustaban esas reuniones. Por eso cuando, apenas terminada la gue­rra, el movimiento se reactivó, me inscribí de nuevo. Por mi edad, ya lo hice como boy scout, ostentando la famosa consigna “Siempre Listo” (pa­ra realizar una buena acción cada día).
En un terreno baldío detrás de nuestra casa nos enseñaron habilidades divertidas y útiles como armar carpas, prender un fuego usando un solo fósforo o una lupa, leer mapas, trabajar madera y metal, prestar primeros auxilios, hacer salvataje y atar (y desatar) nudos. Aprobando el correspondiente examen, ador­nabas tu uniforme con una insignia.
La inseguridad que todavía reinaba en Bandung, nos impe­día salir de la ciudad. Pero un fin de semana tranquilo nos dieron permiso para hacer un campamento en Villa Isola, una hermosa mansión deshabitada en las afueras, sobre una ladera del Monte Tangkuban Prahu. A la tardecita, después de haber practicado nuestros juegos y destrezas, nos tiramos sobre el césped inclina­do para disfrutar del espléndido panorama sobre el valle, que en épocas remotas había sido un lago. Saludamos a campesinos que volvían a su casa, y a la ciudad, que nos devolvió la salutación encendiendo el alumbrado público.


 Al lado de un fuego que calienta sin apuro la comida, suele aparecer una guitarra. Esa noche cantamos al son de un ukelele y escuchamos cuentos, también infaltables en ocasiones como ésa. Como broche de oro, alguien contó la leyenda del origen de la cumbre plana que tiene la montaña. Quiero resumir aquí esa historia trágica:

 Cierto día, el muy joven príncipe Sangkuriang hizo enojar tanto a su madre Dayan Sumbi, que ella lo golpeó en la cabeza, produciéndole una fea heri­da. El rey, que adoraba a su hijo, echó del reino a su esposa. Sangkuriang creció, se enamoró de una her­mosa mujer y le propuso matrimonio. Ella aceptó, pero un día, mientras le acariciaba la cabeza, descu­brió la cicatriz de la herida y comprendió que él era su hijo. Con el fin de impedir el matrimonio sin de­cirle la verdad, le pidió que la llevara en barco a la ceremonia del casamiento. 
Sangkuriang no veía cómo podía cumplir con ese deseo. La construcción de un barco no sería un problema, pero la vivienda de Dayan Sumbi estaba en lo alto de un cerro, muy lejos del río más cercano. Suplicó a los dioses que lo ayudaran, y al amanecer un dique había retenido las aguas del río hasta formar un gigantesco lago. Desesperada al ver que el agua se acercaba a su casa, Dayan Sumbi imploró a Brahma que impidiera su desgracia. En respuesta, la presa fue destruida, y el nivel del agua volvió a bajar. Por los violentos remolinos, el barco quedó en la colina con la quilla para arriba. Sangkuriang encontró la muerte, y la desolada reina se arrojó sobre el bote volcado.


 Y eso que es precisamente lo que significa el nombre del monte, Bote Volcado.